Correo postal
Una llamada a volver al buen gusto
Entre las listas varias que confecciono (y de las cuales habéis visto un puñao ya) hay una que estoy completando poco a poco, y a base de revisar chats en WhatsApp: la lista de direcciones. Direcciones postales. Esas que nunca sabes si van en el anverso o el reverso del sobre.
Siempre me gustaron las libretas de contactos. Me parecen objetos maravillosos. Cierto es que ya no se ven apenas, pero por casa, cuando yo levantaba pocos palmos del suelo, había agenditas con los números de teléfono y las direcciones. Ahora pedimos lo último solo si vamos a visitar a alguien, y solemos dar o recibir la información incompleta. No es raro llegar al portal de alguien y llamar al móvil o mandar el siguiente mensaje: «¿Qué piso era?».
De vez en cuando voy sumando pequeños gestos a la rebelión personal que llevo en contra del mundo. Mi padre siempre nos ha animado a rebelarnos, a llevar la contraria. Aunque suele instarnos a hacerlo en un plano vital más profundo que el que yo me atrevo a traer ahora a colación, me gusta aplicar esa filosofía en mi día a día. Iba a enumerar algunos de esos actos de rebeldía, pero me los guardo, para no daros ideas. Tenéis que encontrar vuestra propia rebelión.
Sí os comparto la siguiente: volver al correo postal. «¡Cielos, qué dices! No sé siquiera escribir en línea recta en un folio en blanco». Bueno, pues, ¿qué quieres que te diga, trozo de madera de alcornoque con patas? Eso, como todo, tiene solución. La gente se sorprende mucho. «Qué malgasto teniendo los móviles». «¿Pero la peña responde?». «¿Para qué?». Hay de todo. Sin embargo, no conozco a nadie que haya dicho jamás «No me gusta recibir cartas». Todo lo contrario, ¡nos encanta! (salvo si son recibos, no me salgáis por ahí). A la gente le encanta recibir un sobre de contenido misterioso y con matasellos de otro lugar y otro tiempo, y reconocer en el remite a alguien querido, a alguien que queremos querer más, a... A lo mejor fue enviada la semana pasada, no hace tanto, pero deja de ser inmediato. Y eso lo hace especial.
Reconozco que solo estoy pergeñando esta rebelión, y por ahora me estoy limitando a las postales. Cada vez que voy a un museo (menos a menudo de lo que me gustaría), compro un par de postales y las mando (o las dejo alimentarse de polvo en la cómoda unos días antes de, por fin, pillar un sello y mandar la postal a pastar). Me encanta. No tanto por la satisfacción que me da escribir, que en mi caso es grande, sino por la alegría que espero cause en la persona de quien me he acordado y en la que he pensado al escoger esa imagen en concreto.
Si quieres, puedes mandarme tu dirección. La anotaré en mi lista. Quizás algún día mires el buzón esperando encontrar publicidad. Quizás veas tu nombre escrito en tinta verde y sabrás de dónde viene sin necesidad de ver el reverso, que es el lado de la solapa y donde yo habré escrito mi nombre y dirección, en caso de que quieras animarte y responder con unas líneas, por breves que sean.
Podría hacer como en los essays que se redactan en los exámenes de Cambridge, y enumerar algunas de las ventajas que tiene el correo postal. Podría y lo haré, para que parezca que este articulillo tiene algo de contenido y no es solo reflejo de mi afán de artisteo.
Escribir cartas/postales nos saca de nosotros mismo: no escribimos para nos, sino para él (o ella…. ¡Quién recibiera cartas de amor hoy día! *suspira*), y debemos pensar qué contar, con qué palabras, cómo expresarnos de manera que nos entiendan. Además, ayuda a parar. En esta sociedad que va tan deprisa (expresión tan manida como cierta) es un auténtico ejercicio de reflexión sentarte frente a la hoja en blanco y dejar a un lado el teléfono. La hoja en blanco tiene todo eso de lo que huimos hoy día: nada. No hay nada en ella que nos estimule, y eso es precisamente lo que impulsa las ideas.
Y no, no hace falta ser Cervantes para mandar una carta que emocione: el mero gesto es ya una declaración de intenciones. «Pensé en ti y me tomé mi tiempo para prepararte esto». Eso de «escribir se me da mal» no nos sirve, ¿vale? A escribir, como todo, se aprende en gerundio, y lo importante, de nuevo, es el detalle.
Finalmente, no estaría de más que aprendieras a escribir recto en una hoja sin renglones y vayas repasando las reglas ortográficas, que la lengua es rica y extensa y eso le aporta valor. Y las cosas inmateriales pero con valor hay que cuidarlas.
Bueno, hasta aquí. Adiós.
(Lo de la dirección es en serio)
¡Has llegado al final! Toma, un recuerdo del Bosque: 🍁
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