Casa
O una vuelta al pasado al visitar cierta ciudad
26 feb 2026
Llevaba desde septiembre queriendo subir. Llegué de EE. UU. pensando que tardaría dos semanas en visitarla, no más. A finales de marzo había sido mi última ida, y hay mucha gente aquí que quiero y con la que quiero hablar. Cara a cara.
Y se me complicó, y el curro, y tal boda, y tal compromiso… Y hasta febrero nada. Tras varios fines de semana frustrados, por H o por B (uso esta expresión en honor de María Cabezas, que no lee esto, pero tampoco me lee en WhatsApp de normal, así que no me importa) me quedaba en Madrid, ¡y con qué ganas de subir!
Hace dos semanas lo logré. Cogí un bus, en Soria compré flores y me planté en Pamplona. Llego, me pongo las zapatillas de deporte de mi hermana (y de paso también le tomo prestados pantalones, camiseta —bueno, la camiseta es mía y se la ha medio adueñado— y sudadera de deporte), y corro por la Ciudadela. Vuelvo, me arreglo, y para el campus. ¿La primera persona que me cruzo? Maria Domingo (sin tilde, es catalana). Y luego a Lucas. Y a don Edu. Y a Pablo C., a Juanmi Botía, a Nuria (no sé su apellido, somos colegas desde hace dos encuentros), a María del Rincón, Efrén, Jorge… Entro en la maravillosa vorágine de saludos, abrazos, y updates —que ahora que lo pienso, es una palabra más mediocre que actualizaciones— que es esta mota en el mapa. Cuento lo mismo a personas distintas, me repito más que un loro, voy volando de un edificio a otro a ratos, pero en Fcom me lo tomo con calma y me dejo perder el tiempo como tantas otras veces he perdido el tiempo entre clase y clase, al final de unas prácticas o una mañana tontorrona en la que no tenía mucho que hacer salvo pasearme por los pasillos.
Al día siguiente vuelta a empezar. Más saludos, cafés (colacaos, seamos sinceros), conversaciones con gente con la que tengo muchas anécdotas pero de la que no sé nada de sus vidas actuales. No paro, ¡no paro! Bendita actividad la que me brinda un lugar que ha sido abandonado por una cantidad de amistades tan alta que solo puedo dar gracias, a pesar de que eso hace cada vuelta más nostálgica: cada vez me falta alguien más aquí. Ha pasado casi un año. Es el máximo tiempo que llevo sin pisar tierra navarra desde hace 7 años. Podrá parecer exagerado, será exagerado, pero revisitar un edificio tan ajeno a mi paso por la universidad como es el de ciencias ya remueve algo. Ni pincho ni corto en la Facultad de Medicina, pero tampoco lo hace el mural de 2001: Una Odisea en el Espacio, y ahí está. Los pies me llevan solos. No me pasa en Granada. Aquí sí. Conozco a la pequeña Isabel, la primera bebé del grupo de amigos, paseo por Estafeta, y no puedo creer que hayan pasado nada más que 3 años desde que me gradué. No reconozco caras por el campus, ese bar de pintxos no es el que había antes, y esas luces rojas por la noche en el quiosco de la Plaza del Castillo mejor ni las comentamos. Aún así, sigue idéntico. ¡Qué cursilada! Pero es que no sabes, no eres consciente, no has vivido lo que yo en esta ciudad. No vas a entenderlo nunca, aunque probablemente tengas un lugar parecido.
Hoy en la comida hablábamos del piso, de las casas de cada una en sus respectivas ciudades. Una comentaba que su madre «no le dejaba» decir que este piso es «su casa». Yo abría mucho los ojos: he hecho de cada sitio en el que he dormido al menos un mes mi casa, y lo he extendido a la ciudad. Tengo casa en Pamplona, en Chicago, en Madrid, Granada… Otro amigo mío me ha dicho que se han mudado él y su familia porque les han subido el alquiler. Ha sido una semana intensa, me dice, pero todos felices. Le respondo que ánimo, que «ahora toca hacerla hogar». No será muy difícil… Si hay alguien ahí que te quiere, y has vivido cualquier mínima anécdota, ya es un sitio que merece la pena revisitar.
Pamplona es la ciudad en la que más he llorado de mi vida (tengo 24 pero dan para mucho, eh), y verla tan llena pero tan vacía a mis ojos es muy raro. Aún así, hay varios fieles aquí que son inamovibles. Saber que ellos sí estarán la próxima vez es un alivio. Es la ciudad en la que más comidas de coco he tenido, y la que más me ha visto crecer. Es pequeña, solo llueve, no hay novedades apenas, ni actividades… Es increíble, ¡es perfecta! Feucha a ratos, manejera, cómoda y muy poco cómoda a la vez. Promesa de aventuras si sabes buscarlas y sombra de una etapa que me queda cerca pero cada vez se esombrece más. Son las 2 a. m., me muero de sueño, mañana completo (y corrijo) este exordio.
Pues ni completé ni corregí. He retomado este texto 2 semanas más tarde, así que he ajustado algún tiempo verbal, y fin. El otro día escuchaba a un chico hablar sobre por qué no debemos ser nostálgicos, que eso nos quita saborear el ahora. Pretendía escribir un resumen de esos días en mi Moleskine, pero ya no quiero. Sin más dilación, doy por cerrada mi excursión y reduzco mis dosis de nostalgia significativamente.
¡Has llegado al final! Toma, un recuerdo del Bosque: 🍁
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