Semper fidelis

Un relato de tiempo ha.

Semper fidelis Irene

1 feb 2026

Esta semana lo que he escrito ha sido en mi Moleskine y en mi Moleskine habrá de quedarse. No quería dejar de publicar algo.

Esto es un relato que presenté hace un año a un concurso. Este año no me he vuelto a presentar. Pretendía, pero la vida en un revés me dejó algo «moñeque», como dice una amiga mía, y preferí renunciar a presentarme a forzarme a escribir algo que no me nacía.


Hacía años que la veía por el mercado: joven, frágil, alegre y melancólica, con unos ojos tristes y unos labios sonrientes. Andaba con gracia y su figura esbelta esquivaba a los mercaderes y sus bestias de carga, mas no a los mendigos, a los que se acercaba y con los que conversaba. Solía ofrecerles una comida caliente en su casa. Algunos de ellos declinaban la oferta, huraños, desconfiando de que una muchacha hermosa y dulce pudiera, además de dirigirles la palabra, saciar su hambre con un plato caliente. Los más enamoradizos asentían con ganas, en ocasiones con demasiada efusividad, cuyo resultado era un gesto de incomodidad por parte ella, aunque enseguida se recomponía. No la veía siempre, por supuesto, pero cuando no lo hacía, echaba en falta su presencia clara y sus ademanes tiernos entre los gestos toscos de costureras y panaderas, entre manos callosas de los herreros y carpinteros. En más de una ocasión me encontré yendo al mercado sin tener allí ningún quehacer. Caía entonces en la cuenta de que lo que ocupaba mi mente era ella, y solo ella. Hasta que reuní el valor y decidí abordarla, mas no entre el gentío, pues podría ahogar las palabras que tantas veces me había repetido a mí mismo paseando entre las murallas, soñando con que tendría una oportunidad. En varias ocasiones me presenté en el mercado, y lo recorrí de parte a parte, buscando entre humos y olores, entre telas y tallados, para volver a casa sin haber reconocido en aquel cuadro el pelo oscuro y recogido, la frente clara y las manos finas de ella. Y llegó el día. Me hallaba contando unas monedas para adquirir unas cinchas de cuero cuando a mi lado se detuvo una presencia que no veía pero reconocía, y que me hizo olvidar las cinchas, las monedas, el mercado y la muchedumbre.

—Caballero, ¿cuáles quiere entonces?

Miré al mercader, pero no osé mirarla a ella. En la distancia era fácil admirarla. De cerca temía que su rostro, que sabía vuelto hacia mí, derrumbara mi discurso tantas veces ensayado.

—No… Quiero decir, disculpe. Atienda a la dama.

El mercader se dirigió a ella, que cambió la dirección de su mirada. Di un paso atrás para dejar que hicieran negocio sin espectador y para, no me avergüenzo, poder observarla de cerca. Su cabello oscuro recogido estaba adornado con una peineta delicada de plata y pequeñas joyas. Sus manos finas regateaban el precio de un cinturón con el negociante que, encandilado, bajaba cada vez más su precio.

—Le encantará, ¡no lo dudo! —comentó él.

—Sí, eso creo —murmuró ella. Se giró hacia mí y como yo ya la miraba nuestros ojos se encontraron. Eran azabaches, profundísimos, y estoy seguro de que leyó con ellos lo que mi alma a gritos proclamaba y mi expresión con gestos escribía.

—Ya puede usted seguir viendo lo que quería, mi señor. Gracias por cederme el turno.

Sonrió y se fue. El mercader recordó que no todos sus clientes eran bellas damas y su gesto pasó de tierno a hosco.

—Entonces, ¿qué desea?

Pero ya me estaba yendo tras ella, dejando claro que lo que deseaba era estar a su lado. La vi doblar una esquina y, feliz, me detuve un instante, respiré hondo y me dispuse a perseguir mi ideal cuando escuché su dulce risa… y la de un varón.

—Estás preciosa…

—Shhh, calla, nos van a escuchar.

—Que me escuchen, estoy hastiado de reunirnos en secreto.

—Lo sé, pero no es buen momento. Mi padre ha perdido las pocas tierras que le quedaban…

—¡No importa! Hablaré con él. Haré fortuna en el frente y volveré.

—Bueno…

E intuyendo que los dos enamorados, tiernos, se besaban, me marché cabizbajo y desesperanzado, y me maldije por no haber actuado antes.

Pasó mucho tiempo sin que fuera al mercado. Mis más cercanos allegados, preocupados por mí, se encargaron de que me visitaran doctores y curanderos, mas yo permanecía en cama pensando en lo que pudo ser y no fue.

A los meses me recompuse, pues un hombre de mi talla y edad no podía pasarse el día languideciendo en sus aposentos. Cierto es que seguía pensando en ella, pero rogaba a Dios que me diera otra joven esposa que la igualara en gracia y encanto. Sin embargo, aún me costaba frecuentar el mercado. Paseando un día por los jardines que rodeaban la catedral vi en un banco a una muchacha de espaldas, el pelo cubierto por un velo, su espalda arqueada hacia abajo. Sollozaba. Miré a mi alrededor, y no parecía tener acompañante. Me acerqué a ella.

—¿Qué os aflige, señora? ¿Puedo hacer algo por aliviar vuestro llanto?

La joven suspiró y secó sus mejillas con un pañuelo. Volvió su rostro hacia mí, y en sus ojos reconocí la misma mirada honda y melancólica que aquel día creí haber perdido.

—Mi señor, disculpe mi estado. Me creía sola en los jardines. Me voy, así no turbaré su paseo.

Se levantó, dispuesta a hacer lo que me decía. No sé qué clase de osadía me llevó a tomarle la mano, que más parecía de mármol por su frialdad y tersura que de piel y carne. Se estremeció y la retiró, sorprendida ante mi actitud.

—Perdóneme, pero creo que usted necesita este jardín más que yo. No tema, no me importuna. Puede quedarse el tiempo que haga falta.

Hizo un amago de sonrisa y volvió a sentarse. Me alejé, no sin antes girarme para ver de nuevo correr por su fina piel las lágrimas.

Y de esta manera se estableció entre ambos un mutuo respeto y, quizás lo soñara, admiración, pues volví a ese jardín, y bajo el mismo naranjo la encontraba siempre, día tras día. Los había mejores, en los que el sol entibiaba su llanto y su rostro se asemejaba a la luna misma, clara y pálida, triste y lejana, pero con cierto color; así como peores, en los que un capote gris cubría el cielo y su mirada perdida, que evocaba un gran sufrimiento. Pasados unos días me encontré, tras el oficio de Nona, venerando a la Santísima Virgen, la única mujer que superaba en belleza y bondad a mi dulce joven llorosa del jardín. Engarzando jaculatorias mis ojos reposaron sobre las flores que a los pies de la Virgen las viudas dejaban para honrar a la que fuera viuda y presenciara la muerte de su Hijo. Muchas de las señoras cuyos maridos y vástagos habían emprendido la gloriosa hazaña de luchar por la reconquista de las tierras perdidas a manos de los moros encontraban en la Reina del Cielo consuelo. Consuelo de que un día resucitarían junto a sus amados y se reunirían en la Gloria del Padre. Solían dejar flores silvestres, las desdichadas señoras, pues las más delicadas crecían en lugares como monasterios o como casas nobles… como la mía.

Salí de la catedral rumiando un plan descabellado pero, a mi parecer, lleno de delicadeza. Temiendo perder mi encuentro no formal pero sí habitual, corrí aprisa a mi hacienda, en la que preparé como pude y supe un ramilletes de violetas. Busqué con qué atarlo, y recordé que mi padre guardaba unas cintas con las que mi madre adornaba su pelo en un cofre a los pies de su cama. Cogí una cinta roja como la sangre y me fui aprisa. Conforme entraba en los jardines de la catedral vi algunos tallos tiernos y verdes que arranqué y añadí al ramo. Me dirigí al naranjo, y bajo él no la encontré. Frustrado ante mi nefasta idea procedí a marchar.

—Ya notaba yo su ausencia, mi señor.

La miré. Su rostro parecía haber adquirido rubor, ya por el sol, ya por dirigirse a mí. Sus ojos, eso sí, no perdían el tinte de aflicción.

—Señora, excuse mi demora y acepte estas flores como perdón.

Sonrió dulcemente y tomó las flores de mis manos. Acarició la cinta y me miró, agradecida y sorprendida.

—No será esta cinta de su señora esposa, ¿no?

—No tengo el placer de contar con una compañera a la que me haya unido con Dios como testigo —comenté, para luego mirarla de soslayo y añadir—, ¿será que vos lloráis la pérdida de algún ser amado?

Su mirada se empañó si quiera un instante, y se llevó las violetas al rostro, pensativa.

—¿Querrá usted hacerme compañía hoy?

—Querría siempre.

Pareció no oír mi contestación. Pasó a mi lado y se sentó en un extremo del banco. Posó las violetas junto a ella, dejando espacio suficiente para que yo cupiera.

—Si a la señora no le importa, permaneceré de pie.

Aquí sí asintió, aunque levemente.

—Hace unos meses un hombre al que amaba pidió a mi padre mi mano. Estábamos enamorados el uno del otro y no creímos que mi padre fuera a negarse, pues es de buena cuna. Sin embargo, tras la pérdida de sus últimas haciendas, mi padre no consintió que tomara por esposo al hijo menor de la familia. Él le aseguró que haría fortuna en el frente, y me pidió que esperara cinco años —murmuró con voz queda—. De eso hace ya un año y dos meses.

El jardín entero pareció simpatizar con el relato de la joven, pues quedó en suspensión, y ni el rumor de las hojas con el viento ni los retazos de salmos que solían llegar del interior del templo interrumpieron el silencio. No recuerdo qué le respondí, ni siquiera recuerdo si llegué a decir algo o si, por el contrario, me senté a su lado para que no viera las lágrimas que asomaban a mis ojos.

Los siguientes meses fueron los más dulces y bellos que recuerdo, y que con celo guardo. Seguimos encontrándonos en el jardín. Al día siguiente de su confidencia llevaba en el pelo la cinta del ramo, cosa que le hice notar y a lo que ella respondió nada más que con una sonrisa. A mí eso me bastaba. Se llevaba su labor y bordaba mientras yo la miraba, aunque cuando levantaba la vista yo hacía lo mismo, haciendo parecer que las hojas del árbol que había a mi lado eran de un interés extremo. Poco a poco la conversación entre ambos creció. De cuando en cuando me contaba cómo su padre quería casarla, y cómo ella se escabullía de la conversación siempre con astucia y algo de picardía. Y el naranjo, que tantas veces la había arropado en su desconsuelo, pudo oír al fin el timbre de su risa, e incluso, en ocasiones, una tonadilla tarareada mientras bordaba. Mi amor por ella yo creía que era imposible que creciera, pero cada vez que la miraba se avivaba en mi alma el sentimiento que tenía. Más meses trascurrieron, y ella no se olvidaba de su amor, y yo no me olvidaba del mío, más no osaba confesarlo, aunque ella me preguntara si no había alguna doncella que a mis ojos resultara hermosa y buena. Cada vez que preguntaba yo evitaba devolverle la mirada porque sabía que, si lo hacía, ella se vería reflejada en mis ojos y sentiría compasión por mí y me privaría de su presencia en un intento de aliviar mi corazón.

Con el transcurso de los años su padre se volvió más insistente, y ella menos vehemente en sus argumentaciones, cansada de responder lo mismo que respondería mañana. Un mes antes de que se cumplieran los cinco años su padre, enfermo y desesperado por casar a su hija antes de partir a la Gloria Celestial, le dijo que escogería él marido.

—Le he dicho que no podría vivir casada con un hombre al que no amo.

—Lo entiendo, mas también comprendo a su padre.

—Por eso yo le dije que cumpliría su deseo. Solo le puse una condición…

Jugueteó con la cinta roja, que esta vez llevaba ceñida a la cintura. Mi pecho se comprimió ante la idea de perderla a brazos de otro.

—¿Y cuál es, señorita Isabel?

Me miró, ruborizada.

—Si me caso, ha de ser con usted, don Pedro.

La boda se preparó en unas semanas. Cada día ella estaba más hermosa, cada día yo más feliz. Nos seguíamos viendo en el jardín, donde yo ya podía coger sus manos, ahora cálidas, y besarlas y decirle lo mucho que la había querido siempre, y lo inmensamente feliz que me hacía. Ella sonreía y acariciaba mi pelo, mientras me respondía “Lo sé, lo sé…”.

Debió ser casualidad, pues no podría ocurrir de otra manera, que el día en que me uniera a ella en santo matrimonio coincidiera con el quinto aniversario de la partida del que fuera su amado. Las campanas repicaban al ritmo de mi pulso acelerado. No creo que nadie jamás haya experimentado la dicha que yo experimenté cuando salimos de la catedral como Dios había pretendido siempre, “como una sola persona”. Aquella tarde celebramos nuestras nupcias, y al caer la noche la tomé en brazos y la llevé al lecho, donde fuimos una sola carne y donde la quise más que nunca. Fue nuestra única y última noche de bodas.

Aquella tarde había llegado a la ciudad un valeroso soldado del frente, acompañado de un séquito que azuzó la curiosidad de los habitantes de la ciudad. Al pregunta por Isabel de Segura su rostro se ensombreció: había de estar en su nuevo hogar, con su marido, celebrando el enlace que se había producido esa misma mañana. El soldado agradeció la información con un puñado de maravedíes y fue a buscar posada. En la madrugada de aquella noche, el soldado logró entrar por la ventana en nuestros aposentos, y despertó con cuidado a mi esposa que, al ir a gritar, vio su alerta ahogada cuando él tapó su boca y le dijo:

—Soy yo.

Isabel, anonadada, no daba crédito.

—Isabel, soy yo. Quiero un último beso.

—Bien debierais saber, señor, que el hombre que yace a mi lado es mi esposo, y a su confianza y a nuestro compromiso con Dios no he de faltar.

—¡Por favor, lo ruego! Solo uno…

Isabel se negó y el soldado, como si un rayo cayera sobre él, se derrumbó ante ella y exhaló un último suspiro. Todo esto me lo narró ella apenas ocurrió, pues me despertó, agitada, tras comprobar que aquel hombre se hallaba muerto. Descompuesta, me prometió que había guardado su voto para conmigo y el Altísimo, y se había negado a besarlo. La creí entonces y la creo ahora. Y, aunque no dudara de su palabra, entre los dos llevamos el cuerpo a las calles, donde lo encontrarían al día siguiente, pues las gentes podrían pensar que al verle yo hablar con mi esposa no dudé en matarlo.

A la mañana siguiente el regocijo en la ciudad que el día previo había inspirado tornó en especulación y susurros ante la misteriosa muerte del recién llegado. Isabel se puso la cinta roja en el cabello en un sobrio recogido, y un velo oscuro para ocultar su pena. No le pregunté a dónde iba, pues sabía la respuesta. Cuando entró en la iglesia las ancianas creyeron ver en ella una aparición que, sin dejar de mirar el féretro, recorrió el pasillo central como el día anterior, para acabar junto al altar y al antiguo amado. Alzó su velo sobre su frente, y contempló el rostro que en tantas ocasiones había mirado con amor. Esta vez no era distinta. Se inclinó sobre el cadáver y besó su frente. Al rato las ancianas comenzaron a murmurar.

—¿Quién es la joven que abraza al muerto?

—¿Acaso le conocía?

Finalmente el sacerdote, descontento con la escena, se acercó a la dama para pedirle que se retirara. Al ver que esta no respondía tomó su mano, fría y tersa como el mármol. Estaba muerta.

Cuando vinieron a avisarme me encontraron llorando. Sabía que había marchado, mi alma no era indiferente a la suya. Enterraron al soldado aquella mañana, y a ella a la tarde. Acaricié por última vez su tez, pálida y preciosa, y besé sus manos, entre las que puse un ramo de violetas atado con la cinta que tan fuerte nos había unido. Se ofició el funeral y nos dirigimos al cementerio, donde la dejé en eterno descanso, sabiendo que algún día reposaría yo a su lado. Comenzaron a correr rumores, que decían que el soldado era un joven turolense que volvía de la guerra santa contra sarracenos para pedir la mano de la que fue su amada. Decían que Diego e Isabel se habían prometido amor eterno. Decíase de ellos que eran los enamorados de Teruel.

Yo no he vuelto a casarme. Isabel fue y es el amor de mi vida. Cuando ella murió, algo se desgarró en mi alma y comprendí que había partido a otra vida. A los pies de Nuestra Señora pongo ramos de violetas. Escribo estas líneas como testimonio de la rectitud de corazón de la bella Isabel, cuyo corazón, de tan tierno, enamorado del mío, no pudo soportar herir el de su primer amor. Mientras, yo me consuelo sabiendo que un día resucitaré junto a ella y nos reuniremos en la Gloria del Padre, y él nos acogerá como uno solo.

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Irene

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