Trucha, Ale, bailar, cosas divertidas

Lo de los títulos no es lo mío, no

Trucha, Ale, bailar, cosas divertidas Irene

18 ene 2026

El viernes quedé con Taila (Trucha, para aquellos que no lo sepáis). Cuando nos conocimos pensé «qué tipa tan peculiar» y al año siguiente nos pusieron a vivir juntas en un piso tutelado (suena a internamiento psiquiátrico, es en realidad una forma de alojamiento alternativa a los colegios mayores) y seguía pensando «qué tipa tan peculiar» pero ahora la tenía en la cocina comiendo cereales por las mañanas.

Habíamos quedado el sábado pasado, pero mi convalecencia impidió el tan anticipado encuentro. Lo intentamos de nuevo el viernes. Cuando logré zafarme de mis compromisos profesionales pasé por una floristería y le compré azucenas. El florista, un señor mayor, se despidió diciendo «Adiós, guapa» y siguió hablando con su amigo, ambos de pie en un espacio de 2×4m², y yo me fui sabiéndome guapa y con unas flores muy bonitas.

Llegué a su piso (vive a 4 minutos del mío) y tenía preparadas galletas. Lo primero por lo que me preguntó (hace como que no, pero es una marujilla) fue por mis novedades amorosas. Le dije que caput, y empezó a reírse mucho. «Te había hecho esta galleta en forma de corazón». Dios existe porque solo Dios podría haber concebido la idea de alguien como Taila. Su flor favorita se llama pillanovios.

Cuando terminamos de merendar me llevó a su habitación para enseñarme los últimos libros con los que se había hecho y ofrecérmelos. Como quien ofrece una muestra de afecto, un detalle, un souvenir, Taila me ofrece sus libros y sus apuntes personales sobre cada uno. Disfrutamos mucho al ponernos al día, se horrorizó cuando le dije que hacía 7 años que nos habíamos conocido y me di cuenta de que finalmente se había hecho los agujeros para los pendientes, solo ha esperado 24 años.

El sábado yo no iba a ir a «El Despertar», la movida esta de charlas y demás. Mis motivos tenía, pero el principal era: qué pereza de evento, quillo. Ale me llamó.

Un consejo: cuando Ale te llame, si sabes que es para proponerte un plan, no descuelgues, porque va a insistir hasta que cedas y tú, que eres una liada y te apuntas a un bombardeo, no tardarás en caer en su trampa.

Yo descolgué y caí. Nos fuimos al evento. Llegamos 1h y 15mins tarde (yo sabía que si iba con Alejandra eso iba a pasar, uno debe atenerse a las consecuencias de hacer planes con ella). Fue sentarnos y empezó, lo que, para desgracia del mundo, solo anima a Alejandra a seguir yendo a su ritmo porque el universo de una manera u otra se adapta a su persona.

Hubo algunas interveciones que me gustaron mucho. No repetiría.

Cuando vimos que era imposible colarnos en pista una vez empezó la música, aunque Rafa nos animara a saltar desde las gradas (Rafael, ¿nos tomas por energúmenas?), nos sentamos un rato, disfrutamos como abuelitas dos canciones del concierto, y al McDonald’s. De allí a La Sota. Alejandra decidió que no podía ser que yo no supiera qué era La Sota, o cualquier otro bareto/garito con música. Me hizo un croquis que ya he olvidado, y nos fuimos a bailar. En donde siempre acabo bailando (voy a obviar el nombre del sitio porque me da mucho lache) estaban Riqui, Pablo, Rafa, Pauli, Cons… (no os sorprenda que Constanza estuviera allí tras haberme llamado por teléfono 50 minutos atrás y haberme dicho que se estaba yendo a casa a dormir).

Fue divertido. Lo disfruto mucho y lo odio profundamente. Salir de fiesta es para mí un proceso de alienación y reencuentro: a ratos bailo y me da igual todo, a ratos me aparto un poco y contemplo cómo a mi alrededor se desarrolla el caos y la socialización más básica y primitiva, a base de movernos y saltar, como si volviéramos a las cuevas, y me pregunto por qué no mejor nos vamos al salón de una casa a charlar con la calma. Luego vuelvo a bailar, que me gusta mucho, y así paso el rato.

Volvimos al piso de Ale, me prestó un camisón (no entiendo nada) y hoy he amanecido y al entrar en el salón me ha recibido un abrazo de Sophia.

Algunas cosas divertidas

Conocí a uno de Bilbao que me dijo que era de Bilbao a la tercera intervención en nuestra conversación, creo que es el record de rapidez.

Estaba con mis amigas y se me acercó una chica con dos chicos, plantó a uno de los chicos delante de mí y dijo «es ella». Él negó.
—¿Te llamas Irene?— me preguntó la chica esta.
—Soy Irene.
—No es Sofía— dijo el chico a otra chica.
Yo miré a mis amigas, no entendía nada. Creo que el pobre chaval tampoco. Risa nerviosa (ellos, yo estaba pasándolo pipa), nadie me explicó nada y se fueron.

Pasamos por un bar cuyo escaparate rezaba la siguiente frase: «Posiblemente la mejor tortilla del barrio». Me hizo mucha gracia pensar que cuando alguien fue a poner «La mejor tortilla del barrio», un amigo lo paró y le dijo «oye, no, quién sabe, a lo mejor no es la mejor del barrio», y la solución al problema fue poner el adverbio delante.

Le pegué tal pellizco a Ale por ser una indiscreta que se le saltaron las lágrimas. La verdad es que eso no fue divertido, y menos para ella, pero creo que nos reiremos de aquí a un tiempo.

Fin.

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Irene

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