La fiebre se nota en la ropa
9 ene 2026
Hállome en mi cama, “pal arrastre” como decimos en mi casa, pensando que soy una niña chica. Una niña pequeña, para aquellos no tan familiarizados con el habla andaluza.
Hoy al volver del trabajo les he dicho a Mariate y a Edu en el salón que creía tener fiebre. Mariate ha puesto su mano en mi frente y ha constatado que no tenía. Le he dicho que igualmente iba a ponerme el termómetro, que yo notaba la fiebre en la piel, por el roce de la ropa. Se han reído de mí, pensando que estaba diciendo una peregrinada, pero es la verdad absoluta. Tenía solo 37,2, fiebrícula. Pero yo sabía que iba a aumentar, lo notaba en la ropa. Y antes de que alguno de mis queridos lectores se ponga escéptico, es así, no estoy mintiendo. Cualquier mínimo roce me resulta desagradable y molesto. Soy un termómetro humano. Uno bastante inútil, que me avisa de que empieza a aumentar mi calor corporal porque las mangas y la espalda y los calcetines y todo me incomoda. Pero no soy una niña chica por eso. Conforme me ponía el pijama y metía en la cama, tiritando de frío a pesar de tener calor (luego efectivamente ha ido en aumento) pensaba que qué gracia ponerme mala el finde y no durante la semana, para no trabajar. Quizás es muy idílico y a mí todavía nadie me ha contado que con fiebre uno va a trabajar igual, pero en mi cabeza es la vuelta al cole. Fiebre = me quedo en casa. Esta vez me da fiebre el viernes, paso un fin de semana terrible, y el lunes al cole de nuevo. ¡Pero bueno! No es justo.
En realidad lo pienso a menudo. Suena mi alarma, y cómo desearía que fuera mi madre diciéndome bajito que me tengo que levantar, y yo decirle “Mami, me encuentro mal” y que toque mi frente y diga: “Tienes fiebre, te traigo el termómetro, pero es que vas a tener seguro. Hoy te quedas en casa”. Sin embargo, no es mi madre con palabras dulces. Son pajaritos piando (he llegado a la conclusión de que prefiero despertar con eso y ruidos de tormenta antes que con melodías estridentes) y yo nunca tengo fiebre. Hasta hoy. También aclararé que soy top 5 peores pacientes que vais a encontrar en vuestras vidas. Un poco de fiebre y ya me creo morir, y las fuerzas me abandonan. Pero eh, se me ha ocurrido que podría cambiar la distribución de la habitación porque me van a cambiar la cama y tengo que mover armario, estantería y muebles. Pues venga, oye, ¡que me encuentro algo mejor! 30 minutos más tarde estoy en la cama tiritando de nuevo, pero oye, la habitación parece otra. Será que el Paracetamol ya no da para más. El siguiente podré tomarlo a las 2 am. Chachi. Así que me tumbo y pienso en esos viejos tiempos en los que no tenía fiebre y no me dolía el cuerpo (y el alma de paso) y las mantas no eran papel de lija y mis manos y nariz no pasaban de estar frías a estar ardiendo en franjas de tiempo de 3 minutos. Y recuerdo por qué odio estar enferma. Es asqueroso. En dos semanas sonará la alarma y desearé tener fiebre. ¡Tonta de mí! Qué rápido se olvida el dolor.
Creo que terminaré de escribir esto mañana sábado. Me duele mucho la cabeza. Adiós.
SPOILER: le dolió la cabeza las siguientes 24h sin parar y la fiebre llegó para quedarse.
Tampoco he tenido tanta, pero os recuerdo que soy una auténtica víctima. Estoy en el salón, mi hermano Álvaro ha entrado hace un rato y ha dicho “Toma, niñata” y ha lanzado a mi lado lo siguiente:

Sospecho que su lenguaje del amor son las palabras de afirmación.
Mamá me ha disuadido de salir de casa. Me cuesta mucho estar tumbada y en reposo, y con la excusa de que estaré sola en el piso he pensado que quizás era buena idea ir a casa de Constanza a que me enseñe a hacer rollos de canela, que mañana toca merendola. Al llamarme para ver qué tal estaba, le he contado a mi madre. No es tan buena idea al parecer. Charlie, que me ha llamado hace un rato, piensa lo mismo. Además él me entiende, es incapaz de estarse quieto, pero estas Navidades ha estado malo y estar un día entero en la cama es “mano de santo, de verdad te lo digo”. No he descolgado su llamada de primeras porque en la duermevela en la que he estado esta tarde he soñado que le descolgaba el teléfono mientras corría una carrera a la que me había apuntado. Llovía y yo rezaba para que mi madre no se enterara de que al final sí había salido de casa, lo había hecho en pijama y estaba dándolo todo, aunque no me supiera el recorrido. Total, que descuelgo y no es Carlos, es Ana, y Ana me dice que dé un mensaje de su parte. Me he despertado pensando que qué sueño más caótico (en mi carrera pasaba por la Plaza de los Lobos de Granada y estaba plagada de, sorpresa, lobos). Al rato he mirado el móvil y veo una llamada perdida de Carlos. Vaya, eso no era solo parte del sueño.

Estoy aquí muerta del asco. Con la cabeza así no puedo leer, la música si la escucho es muy, muy bajita, he empezado una película que llevaba mucho tiempo queriendo ver pero no la estaba disfrutando así que la he quitado… (La película es esta, qué te parece. ¡Qué cosa más bonita! El estilo de animación, los personajes, sus voces… En los créditos iniciales he visto que su compositor es Bruno Coulais, el de Los Niños del Coro. ¿Qué más puedo pedir?) Si estoy escribiendo esto es porque tengo el propósito de escribir más, además de ser algo que me ayuda mucho a vaciar de pensamientos el coco, aunque ello implique mirar una pantalla un rato. En un rato ordenaré papelitos y cosas varias de mis muebles. Tengo un articulito sobre eso escrito, ya lo subiré por aquí. Por lo pronto voy a contemplar la pared un rato mientras como chocolate.
La conclusión es que para escribir no necesitas un temazo, o una idea brillante. Para escribir necesitas escribir y punto. Y que la fiebre se nota en la ropa, aunque haya escépticos, que las películas de animación son maravillosas y que menos mal que suelo ponerme enferma solo 1 vez al lustro.
Aclararé que a veces una, como escritora, siente la tentación de contar la historia de manera que no parezca una majadera. Me estaba dando algo de palo dejar tan claro por aquí que soy tan floja cuando estoy pachucha, pero si escribo es, ante todo, para contar las cosas, y las cosas son como son. Y yo soy una pupas. Qué se le va a hacer, algún defecto tenía que tener…
¡Has llegado al final! Toma, un recuerdo del Bosque: 🍁
Los cascos
Tengo que escribir un relato para el día 31 y estoy calentando motores con textos que nada tienen que ver con la temática del concurso. Así me motivo. A ver si consigo ir a relato por semana, quizás mes. El día que cayó la mundial y la gente prefirió quedarse en casa a Íñigo le tocó salir a pasear al perro octogenario (en años de perro, claro) de su tía, que estaba en urgencias porque se había que…
- relato
Presagio de castigo
En unos días hará 4 años que mandé este relato a un concurso. Lo releo y hay muchas cosas que cambiaría. Aún así le tengo mucho cariño. Y bueno, gané. No había premio pero mi relato salía el primero en la colección de cuentos y pude llevarme varios ejemplares a casita. Para mí verlo impreso en un libro era (es) más que suficiente. * * * —Tú, que va en serio. Colleja. —¡Pero tío! Segunda colleja…
- relato