Presagio de castigo

Escrito a 30 de enero de 2022

Presagio de castigo Irene

7 ene 2026

En unos días hará 4 años que mandé este relato a un concurso. Lo releo y hay muchas cosas que cambiaría. Aún así le tengo mucho cariño. Y bueno, gané. No había premio pero mi relato salía el primero en la colección de cuentos y pude llevarme varios ejemplares a casita. Para mí verlo impreso en un libro era (es) más que suficiente.

* * *

—Tú, que va en serio. 

Colleja. 

—¡Pero tío! 

Segunda colleja, más fuerte. 

—PARA. 

Alza la mano. Duda. Dudar es de cobardes, y su mano baja como una guillotina, y le propina tal golpe que las gafas resbalan por su narizota y le mira con sus ojos azules, o verdes, una mezcla, qué sabe ella, bonitos y punto. 

—Porque eres mujer, que si no… 

—¿Que si no qué? Te fundo en un uno a uno cuando quieras. 

—Tch, por favor… 

Dice “por favor” haciendo énfasis en la pe, como siempre. Una frase muy de él. Todo lo hace suyo, a decir verdad. Es un maldito acaparador. 

—¿Te ha o no te ha cundido la tarde? 

Sonrisa bobalicona. Ve cómo la mano asciende y se apresura a responder. 

—No, pero sí. Tenía que hacer un trabajo y he adelantado parte de él. 

—Porque te sabes ya todos los temas de tu examen de mañana, ¿no? 

—¿Eh? 

Hace eso con los ojos y las manos que siempre hace cuando le has pillado. Qué gesto tan suyo, qué gracia le hace, jolines. Pero no puede reírse, ¡no puede! No le ha respondido, aunque ella ya sabe la respuesta: ha visto que sigue en el mismo PowerPoint que hace tres horas de reloj. El del tema 2. El tema 1 no cae. 

—¿Y el trabajo para cuándo es? 

Se ríe. Traga. Se pasa la mano por el cuello. 

—El 13… 

—¿Para el… —calcula mentalmente, y como es pésima con las matemáticas, tarda mucho, pero no le corre prisa— jueves que viene? 

—…de mayo. 

Ya está. Hasta aquí. Va a cumplir su recurrente promesa de colgarlo de la copa de un pino con un cartel en el que ponga “Soy imbécil y me encanta”. A quien le encanta, para qué nos vamos a engañar, es a ella, pero esa es otra conversación. Él se ha encogido, temeroso de que le llueva otra galleta. 

—No te voy a pegar de nuevo. No por ahora. Pero jo, tío, que entonces si quedamos cuando cierre la biblio pesa tu penco sobre mi conciencia. 

—Tch, por favor. 

La mirada de ella, oscura, perspicaz, atraviesa la de él. Él estira la mano y coge la de ella, que está de pie a su lado, sin dejar de mirarla. 

—¿Me perdonas? 

La acaricia mientras hace la pregunta. Es la primera vez que le coge la mano. Se oyen pasos. Por el pasillo se acerca hacia ellos su amigo con los brazos en alto y citando El Chiringuito. Él no suelta la mano inmediatamente, no le importa. Ella se ha puesto un poco roja, pero él no se ha dado cuenta porque está respondiendo “qué noshe, Pedro, qué noshe” al visitante. 

—El que faltaba, oye. 

Los dos se ponen a comentar la jugada: hablar de en qué han perdido el tiempo, citar películas y escuchar audios de amigos que están lejos y cerca a la vez. Ella se sonríe, verlos interactuar es bastante divertido, incluso entrañable. Son idiotas. 

—Me piro, he quedado con mi asesor. No me lo distraigas, que no se sabe nada para mañana. 

—¿El “paibon”? 

—Sí, el “paibon” —contesta entre risas—. No me cambies de tema. Nada de pitis —él suelta el paquete de Chesterfield que acaba de coger de su abrigo mientras sonríe (eso cree él) angelicalmente—, lleva descansando desde que empezó la carrera. 

—¡Tch, por favor! —exclaman los dos a la vez. Pili y Mili. Frodo y Sam. Ella echa a andar, con las cejas enarcadas y unos hoyuelos que desmienten su seriedad. 

—Luego vuelvo, ¡ay, de vosotros como no haya avanzado! 

El amigo ya no la mira, está buscando alguna escena de alguna película en el ordenador. Ella alza la mano, presagio de castigo, para llevársela a los labios y lanzar un beso que él, galán, recoge en el aire y se lleva al corazón. Qué cursis son, madre mía. 

—Te encanta. 

—¿Eh? 

—Bro. Que os he visto de la mano y venga a deciros tonterías. Está hechísimo, tú. 

—Pero qué carajos dices. 

—Serás pringado. 

—No, pringado, no… 

—Te renta, y lo sabes. 

* * * 

El reloj marca las 08:12 pm. Los rayos del sol ya poniente entran y toquetean todo lo que pueden, regándolo de un tono arrebolado que anuncia verano. Las cortinas ondean elegantonas y despreocupadas, parece que bailan, y las últimas brisas de una primavera tonta, igual que tantas, se cuelan por las ventanas. La casa está llena de risas y alboroto. Papá peina el pelo rubiasco y ondulado de Isabel mientras ella peina el de su Barbie, o lo poco que queda de él. Mamá baja las escaleras con la corbata de grullas, lleva los tacones azules de punta, esos que le encantan a Papá porque así está más alta y no tiene que agacharse tanto para darle besos. Se acerca a los dos. Papá, con una palmada cariñosa, manda a Isabel a ver qué tal van sus hermanos, cuyos decibelios indican el buen rato que están pasando. Mamá rodea a Papá con la corbata y Papá rodea con los brazos a Mamá, de la cintura. Se sonríen y no se dicen nada. Ella le hace el nudo, porque, aunque él sabe hacerlo, “Mamá siempre hace las cosas mejor que yo”. Cuando termina él la estrecha en sus brazos y ella empieza un vaivén que él conoce bien, así que le sigue el juego, y bailan pegados, sin música ni nada, y se ríen y se quieren. 

—¡Me va a pegaaaaar! 

Un grito interrumpe la estampa. Los dos se miran, ella se muerde el labio, es su gesto. Él pone los ojos en blanco, es el gesto que le ha robado a ella después de tanto tiempo juntos, es un maldito acaparador. 

—Ya voy yo, eres muy lenta arreglándote. 

—Tch, por favor… 

Va a la cocina. Nacho, aún dormido, en camisa, corbata y calzoncillos, come cereales (Choco Flakes, no hay forma de que duren más de dos días en casa) con la mirada clavada en el infinito. Ni se entera de que un aterrado Javi sujeta una espátula contra su hermana, que tiene la mano alzada, presagio de castigo. 

—Teresa, cariño, ¿qué haces? 

—Me va a pegar. 

—Lo he oído, pero por qué. 

—Papá, sólo le iba a dar una colleja. 

—¿Por? 

—Porque le quiero, claro. 

La lógica de los niños ni es lógica ni es nada, pero sus ojos, pícaros, claros, azules, o verdes, una mezcla, qué sabe él, bonitos y punto, como los suyos, le tienen cautivado. 

—No, Teresita, no vale. 

Se pone en cuclillas entre los dos. Toma la espátula de las manos de Javi y le da con ella en la cabeza a Nacho, que levanta las cejas sin apartar la mirada de los azulejos. 

—¿Os queréis? 

Responden al unísono. 

—Entonces daos un beso. 

Teresa se acerca a Javi, que no puede huir porque Papá tiene la mano detrás de él. Le planta un besazo en la mejilla, que su hermano se apresura a limpiar con la manga. 

—Venid a cambiaros, ¡no quiero que lleguemos tarde a misa! 

La voz de ella atraviesa cantarina —siempre así, cantando, en casa o por la calle, a viva voz, y él la acompaña— limpia, clara, tan clara como ella misma, la casa, y los dos pequeños salen disparados. Papá se acerca a Nacho. 

—Date prisa que salimos en un rato. No te da tiempo. 

—¿Eh? 

Idéntico gesto al de su padre, que le coje del cogote y sonríe. Va a salir por la puerta cuando Nacho da señales de vida. 

—¿Por qué os casasteis un 17 de junio? 

—A tu madre le gustaba. 

Se miran y se encogen de hombros. Ella se sale siempre con la suya. A él no le importa. Vuelve a su habitación, donde ella se está poniendo los pendientes, inclinando la cabeza para que no se enreden en su pelo, castaño, abundante, huele a jazmín y menta. Él la mira embobado, como hace 15 años exactos. En realidad, él eligió el día sin saberlo, al decirle aquella cursilada 6 años antes de la boda que los llevó a donde están ahora. Se acerca a la cómoda y se pone sus gemelos buenos, de plata, en forma de faro, se los regaló ella. Sus miradas se encuentran en el espejo, y qué miradas. Ella alza la mano, presagio de castigo, para llevársela a los labios y lanzar un beso que él, galán, recoge en el aire y se lleva al corazón. Qué felices son, madre mía. 

* * * 

—Bro, ¿ya te has montado la película? 

—¡Cállate, joder! 

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Irene

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