Los cascos
9 ene 2026
Tengo que escribir un relato para el día 31 y estoy calentando motores con textos que nada tienen que ver con la temática del concurso. Así me motivo. A ver si consigo ir a relato por semana, quizás mes.
El día que cayó la mundial y la gente prefirió quedarse en casa a Íñigo le tocó salir a pasear al perro octogenario (en años de perro, claro) de su tía, que estaba en urgencias porque se había quemado haciendo macarons (le había dado por la repostería).
No le molestaba que lloviera, o que el perro caminara a duras penas. No le molestaba mojarse los bajos de los pantalones, ni que el único paraguas que había encontrado fuera de Hello Kitty. Tampoco que el parque estuviera a 17 minutos (a paso del perro, claro, que en poco tiempo necesitaría un bastón), que los charcos ya no fueran vadeables, que sus zapatillas además de no ser impermeables tuvieran un agujero por el que entraba el agua o que su hermana le hubiese mandado a él a sacar al perro porque "a ti te gustan los animales".
No le molestaba nada de eso. Lo que le molestaba, lo que le fastidiaba inmensamente, lo que llevaba mascullando en un rincón de su mente desde hacía 3 días, era que no tenía cascos. Los veía sobre la mesa, enrollados perfectamente, esperando para ser metidos en el bolsillo, esperando para reproducir alguna canción a tono con el día que hacía. Y ahí se habían quedado esperando. Nada menos que en la casa de Silvia. De locos. Es que era de locos. Silvia, la idiota de Silvia, que le había pedido que fuera a su casa a ayudarle con unos paquetes y había aprovechado para acorralarle de manera vil y mezquina. Silvia, que sabía desde hacía tiempo la verdad, que no se le escapaba ni una y que se salía siempre, siempre, siempre con la suya. Silvia, que le hizo admitir en su salón que sí, que se mudaba a Berlín y que no, no se lo había dicho a nadie.
Pompón (sí, así se llamaba el Sealyham Terrier de su tía Verónica) se detuvo junto a una farola en el momento en que un autobús a 210 km/h mínimo pasaba delante de ellos. No quedó palmo del cuerpo de Íñigo seco. Porque la cabeza sí estaba seca, la había protegido con el paraguas. Porque la cabeza es importante mantenerla seca para que no se mojen los cascos. Los cascos que te has dejado en casa de la pérfida Silvia. Tras la confesión, Silvia impuso la penitencia. "Tienes que decírselo a Julia". "Silvia, no me rayes la cabeza". Y Silvia le hizo caso y no le rayó la cabeza. Se encogió de hombros y se limitó a señalarle los paquetes y cómo podía ayudarle a prepararlos. Puso el tocadiscos que su tío abuelo le regaló porque era la única joven de la familia que sabía entonar en condiciones las canciones de misa, y prepararon sus envíos, y se despidieron, y no volvió a sacar el tema pero los dos sabían que no era necesario.
Llegaron al parque y liberó a la bestia de sus cadenas. Tampoco es que fuera a irse muy lejos la fregona esa. En el parque solo había otro desquiciado que sacaba a su perro, pero lo hacía en un carrito de bebé que tenía más comodidades que el coche de Íñigo. Cuando Pompón hubo terminado volvió a enganchar la correa en el collarín y salieron del parque. Silvia salía con Pedro, un chico que conoció en su primer trabajo. Llevaban ya 6 años juntos, e Íñigo había visto el anillo de compromiso que Pedro había fichado para pedirle que se casara. Le iba a encantar, era el tipo de anillo perfecto para ella. Para ser una chica espabilada no se enteraba ni del clima. ¿Qué narices tenía que decirle Íñigo a Julia? Nada de nada. Cero. Bueno, sí, algo sí podía decirle: que no me molas, que la que me gusta es tu amiga, esa que en un año o así estará casada, que estáis en la parra las dos. Mientras preparaba paquetes la miraba, y fue entonces cuando se olvidó de los cascos. ¿Quién puede pensar en escuchar música cuando la oye al mirar a alguien?
Ya en el portal palpó los múltiples bolsillos de su abrigo. No sabía dónde había dejado las llaves. Ah, aquí. Estiró los dedos en el bolsillo y sacó sus cascos y un post-it. "Cualquier día te dejas la cabeza". Qué cosas. Qué chica. No se enteraba de nada, pero estaba en todo. Pompón tosió. Íñigo lo miró, y vio la sorna pintada en sus ojos de perro viejo.
¡Has llegado al final! Toma, un recuerdo del Bosque: 🍁
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