Tren Pamplona-Madrid

16 de marzo de 2022

Tren Pamplona-Madrid Irene

25 ene 2026

Camino a Madrid, mirando por la ventana, veo a un abuelo, en un patio trasero de algún cortijo, lleno de trastos, de palés, de trozos de cosas que un día fueron y que ahora son a duras penas. Lo veo de lejos, es del tamaño de mi pulgar. Lo veo, pero él no me ve a mí, y lo veo tan claro y nítido como mis lentillas, medio secas porque bebo unos cien mililitros de agua al día no más, me lo permiten. Y entonces pienso que él no me ve a mí, y jamás sabrá quién soy, ni será consciente de que ahora habita entre los ceros y unos que mi ordenador procesa y convierte en palabras plasmadas en un documento de Word, en un folio digital en negro (porque el modo oscuro de Microsoft hace más interesante aquello que escribes) que recoge lo que se le pasa por la cabeza a una andaluza que va de norte a sur para celebrarle a su madre sus sesenta años. Y jamás sabré su nombre, y para cualquiera eso no sería un problema, pero para mí sí. Porque mi curiosidad, patológica, excesiva, entrometida y entremetida en cada neurona que me hace ir a mil por hora al segundo, me carcome. Jamás sabré su nombre. Se lo puedo poner, claro que sí, puedo llamarlo Perico, al gato negro que andaba a su lado lo puedo llamar Nemo, como el prota del libro favorito de Perico cuando era pequeño, y se llama así porque es tuerto y tiene una extraña fijación con las perlas que se ponía la mujer de Perico cuando aún vivía. Claro que le puedo adoptar y poner un nombre completamente distinto, pero probablemente no se llame Perico, ni su mujer tuviera perlas que ensimismaran al gato. Lo mismo el gato no era ni suyo. Y ahí me enfado contra el mundo por no tener una enciclopedia donde buscar esas cosas. Cosas que me intrigarán toda mi vida, como aquel número que me llamó de Irlanda en mi 20 cumpleaños. A esa llamada también le di una historia, a la persona al otro lado le regalé una identidad, una vida, una existencia, un ser. Pero sé que no era la verdad, y me gusta la verdad. Es siempre igual, no varía, puedes confiar en ella. Me intrigará toda la vida el misterioso chico de chupa de cuero, gafas cuadradas, rubio y más bien bajito que se acercó a la hermana de Dani al escuchar que ella le llamaba a él por teléfono preguntándole dónde estaba y le dijo que estaba dentro de El Labrador, en la parte de arriba. Ni la hermana, ni Dani ni yo lo conocíamos. Me intrigará como me intrigará la historia de aquel sacerdote que vi una vez en una iglesia por Europa, no recuerdo en qué viaje, y que me pareció guapísimo, y que me habría encantado conocer para poder preguntar cómo se había enamorado de Dios, me intrigará como aquella iglesia que visitamos entre Praga y Cracovia, después de que nos secuestrara el chófer (y esto no es una exageración) y le obligáramos a parar para poder tener misa donde fuera, y al final acabamos allí, Dios sabe cómo se llamaba la iglesia, y nos atendió un sacerdote y una señora mayor, y dimos la misa en italiano, latín, español e inglés con un poco de checo, y el evangelio lo leyó Mariángeles Nogueras y su cara al decir «Palabra de Dios» no la olvidaré, como no olvidaré que nos sacaron unos dulces para todas (unas 40) que estaban espectaculares, y eso que parecía que no tenían ni para un zurcido y que la iglesia se caía a trozos y la engalanaban telarañas que parecían más bien cortinas. ¿Cómo se llamaba la señora? ¿Qué fue de aquel cura? ¿Irá mucha gente a esa iglesia? Tampoco olvido al poli que nos echó la bronca por colarnos en los Peines del Viento en Sanse, y que nos dijo que bienvenidas a este gran país. ¿Habrá caído ya en que el País Vasco es parte de España, lo quiera o no? La señora que hace una semana se nos acercó a Dani y a mí al acabar la misa y nos susurró “Los más guapos atrás del todo”, ¿tendrá nieto favorito? ¿Tendrá nietos acaso? Dónde está ahora Álex, el autobusero que a veces nos dejaba pasar sin picar, porque cogíamos todos los días ese bus a casa las tres hermanas, de uniforme, con gafas, las tres, con sonrisas, las tres, con la mochila llena de anécdotas que contarle por encima, y de apuntes que habíamos usado para hacer como que estudiábamos en el estudio del club. ¿Y aquel señor que en mitad del tráfico le preguntó a Papá dónde estaba “recogenda”, y fui yo la que al final dio con la tecla y dije que se refería a Recogidas, y eso que no sabía ni dónde estaba esa calle ni que fuera eso, una calle, de tan enana que era? O el chico que en la exposición de perros servía en la barra y sacó justo una lata con mi nombre, cuando las latas de Coca-Cola llevaban nombre, y mi hermana le dijo que si no tenía una con el suyo, y él la cambió por el nombre de mi hermana, y eso que ella ya tenía una lata con su nombre. Qué fue de él. ¿Quién llamó al timbre del piso a principios de curso a la una de la mañana, cuando sólo estaba yo despierta? ¿Qué quería? ¿Qué querían todos ellos? Me iré a la tumba sin saberlo, y me iré a la tumba con ganas de saberlo. Quizás algún día me cruce contigo y te encasquete una identidad, y tú no lo sepas porque no sabrás que te he visto, a lo lejos, leyendo un cartel concentrada, mientras sacas Cheetos Pandilla, los mejores, de la bolsa y te los llevas a la boca.


Un apunto sobre esto que he rescatado de hace ya porque de vez en cuando lo releo.
- El modo oscuro de Word —el modo oscuro en general— es terrible. Me he pasado al modo claro en todo. Me creía guay o algo.

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Irene

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