Martha bajo la lluvia
Mi lectura actual y algunas reflexiones
9 feb 2026
Me estoy leyendo «Contra toda esperanza», libro de Armando Valladares, poeta que vivió preso 22 años en el régimen de Castro en Cuba. Sobra decir que fue arrestado injustamente, sin pruebas en su contra, sin juicio y sin humanidad.
La historia de Valladares no es para nada bonita, como cabe esperar de alguien que entra a los 23 años en una cárcel donde no hay letrinas, donde les dan agua una vez al día metiendo una manguera en el recinto (a veces mientras duermen, y el que no llegue a tiempo se queda sin su ración de agua para el día) y riéndose de cómo los presos tratan de llenar sus cubos, y donde los fusilamientos son algo diario y motivo de risa para los carceleros. Y esto es de lo más suave.
Valladares habla de cómo su fe en Dios le ayudó a mantener una esperanza inquebrantable.
Más de veinte años después los coroneles de la Policía Política tendrían que comentar, con odiosa envidia, que siempre me estaba riendo. Me quitaban el espacio, la luz, el aire, pero no pudieron quitarme la sonrisa. Yo lo consideraba como un triunfo del amor frente al odio.
En fin, no quiero hablar de los horrores que vivió, porque creo que es mejor animar a mis queridos lectores a que tomen ellos el libro y se hagan una idea de lo que el régimen comunista fue en Cuba.
Yo quiero hablar de un capítulo en concreto, muy breve, cuyo título reza «Martha bajo la lluvia». Me llamó la atención porque el resto de capítulos son «Las requisas, golpes y saqueo», «Preparativos de fuga», «Suicidios y excrementos»… y de repente, Martha.
Valladares y otros presos resolvieron que la única salida era escapar. La decisión fue motivada por un intento de rebelión fuera de las cárceles que el régimen castrista aplastó. Para evitar que se repitiera, pusieron en el sótano de la cárcel donde estaba el autor ingentes cantidades de dinamita y les repitieron que, si había otro intento de oposición, volarían a todos por los aires (eran más de 6000 presos). Viendo que el régimen había llegado para quedarse, decidieron fugarse. En la segunda de dos visitas que concedieron a los presos, su familia no pudo llegar a tiempo porque los bajaron de su barco para transportar a milicianos y a la Policía Política. Esa visita era clave, pues sería la última antes de su intento de fuga.
Armando relata:
El 5 de septiembre amaneció gris y lluvioso. Una de las típicas perturbaciones ciclónicas del Caribe se acercaba a Cuba; y en los días anteriores a su llegada los chaparrones y el viento habían sido frecuentes. Para nosotros la visita de ese día sería trascendental; para mí muchísimo más, pues aunque no lo sospechaba siquiera, en ella conocería a mi futura esposa. Y precisamente este contacto, más que el otro que esperábamos, iba a ser el que me sacaría de la cárcel, veintidós años después...
La realidad siempre, siempre, supera a la ficción. Voy entendiendo el título del capítulo. Continúa:
El cielo se oscureció por el este y aparecieron gruesas nubes. Con un ímpetu tremendo comenzó a llover. Cerca de seis mil personas bajo la lluvia. Me coloqué frente a Martha, de espaldas al viento, para que las ráfagas de agua no cayeran sobre ella directamente; era cuanto podía hacer. En unos minutos todos estábamos empapados hasta los huesos. Luego de mil solicitudes y gestiones se logró que la dirección permitiera a las mujeres cruzar la calle para trasladarse al comedor, en el que todos cabíamos, por su inmensa capacidad de casi 6.000 comensales.
Tuve que releer este párrafo varias veces, de bonito y delicado que me pareció. No son necesarias grandes muestras de valor, ni gestos de cariño explícitos. Aunque en otros contextos son valiosos, por supuesto. Lo que me conquistó fue el detalle tan, tan sencillo y, a vista está, inútil. Acabaron caladas todas las personas hacinadas en el patio de la prisión igualmente. Pero él había intentado protegerla de la lluvia. No lo había conseguido. Pero en su estado de cautiverio, sin que su familia hubiese podido llegar a la visita, comiendo la misma comida con gusanos todos los días... Ve a Martha bajo la lluvia y hace «cuanto podía hacer».
Quizás a más de uno le parezca que no es para tanto, y quizás lleven razón. Supongo que a todos nos impresionan gestos distintos.
Iniciamos una charla sobre temas generales, yo buscando información acerca de sus actividades, dedicaciones. Recuerdo que cruzó los brazos sobre la mesa y reclinó en ellos la cabeza. Estaba así más cómoda y el cansancio del viaje y las cuarenta y ocho horas sin dormir hicieron el resto; se quedó dormida mientras su admirador y futuro esposo le hablaba... Me levanté con cuidado y me acerqué a una de las ventanas enrejadas por las que entraba el aire para tratar de secarme un poco la ropa. Pero terminé tiritando de frío. Volví a la mesa. Mi linda amiga dormía todavía, y me quedé contemplándola. Sentí una gran ternura al hacerlo, una ternura que nunca había experimentado. Dios es sabio en sus designios y emplea a veces los métodos más insospechados para que dos seres se encuentren y unan sus almas.
Salió del presidio con 45 años. Escribió este libro y fue capaz de, entre tanto horror, detallar con delicadeza su primer encuentro con Martha.
El libro es duro, pero muy humano. Al final del mismo hay varias páginas con nombres de muchos de los compañeros de Valladares en esos 22 años, acompañados de sus fotos y una breve descripción del papel que jugaron aquellos años. En el prólogo, Valladares detalla que los ha añadido para que el lector vea que no sólo son un nombre plasmado en el papel, sino que eran personas, de carne y hueso, que pasaron por horrores parecidos o peores.
Nada más que aportar.

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