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Vueltas y vueltas y...
Dec 26 ⎯ Llevo días (y quien dice días dice semanas, meses o una breve temporada que se ha prolongado en el tiempo) dándole vueltas (me he roto la cabeza con el título, sí) a que debería escribir más. Bueno. «Más» implica que ya estoy escribiendo algo, por poco que sea. Y no estoy escribiendo nada. Así que allá voy. Le suelo dar vueltas al asunto cuando se me ocurre que algo es digno de ser plasmado en papel o en ceros y unos (expresión que uso periódicamente cuando digo que a ChatGPT no hay que darle las gracias porque se reduce a miles de millones de 0 y 1. Le estás dando las gracias a una ristra de números. No lo hagas). Como soy boba no he anotado esas ocurrencias que tan bien quedarían plasmadas en un texto ingenioso. Recuerdo alguna vagamente. Ya irán volviendo. O no, y me lamentaré por no haberlo dejado por escrito. Y claro, pienso: «Cuando ocurra algo reseñable me pongo a escribir», y así es como acabo convertida en peonza. PERO YA NO MÁS. Así que esta entrada me parece una chusta pero es lo que hay, es con lo que voy a empezar. En un día me quitaré Insta, pero antes de hacerlo me he encontrado esta joya. Más o menos como pintarrajear esa primera página va a ser estas líneas hiladas de aquella manera. Fin.
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Bartimeo
Dec 26 ⎯ Miro al abuelo. Sigue sin hacerme caso. —Oiga, abuelo. Que le estoy hablando. Él a lo suyo. Sin inmutarse. Con la navaja suiza, que no sé si un anciano de 87 años debería tener entre sus manos, sacándole astillas y serrín a un trozo de madera. Cuando vuelva alguien del personal le preguntaré quién le ha dejado tener semejante artilugio. —¡Oiga, abuelo! Detiene su actividad y dirige hacia a mí unos ojos grises, ciegos. —Perdona, joven. No sólo soy ciego, también duro de oído. —No se disculpe, no hay problema. Pero dígame, por favor, cuándo empezó su oficio de carpintero. Estoy hasta las narices de que en el periódico me manden a mí hacer estas chorradas. Quiero escribir algo serio, no entrevistas a señores de la tercera edad que manejan cuchillos cuando llevan ciegos siete años. —No sé si eso te interesa, muchacho. No es una gran historia, seguro que hay gente más interesante aquí con la que puedes hablar, que te contarán encantados sus aventuras. Miro a mi alrededor y el panorama me hace poner en duda las palabras que el pobre señor dice con toda la buena fe del mundo. Contemplo el salón de la residencia decorado con guirnaldas despeluchadas, un árbol que no parece de hoja perenne por el estado de sus ramas, y un par de bolas de navidad que cuelgan del techo y se balancean perezosas en una de las últimas tardes del último mes. Estamos él, dos señoras dormidas en sus sillones, una de ellas abrazada a un cojín con la cara de Julio Iglesias en grande, un señor mirando la tele mientras rasca el brazo del sofá, una señora en una esquina que pasa las cuentas de un rosario y de vez en cuando se santigua, y yo. Vuelvo a mi entrevistado. Él es lo más interesante de la sala. Y eso es mucho decir. —Elena, por ejemplo—. Señala a la esquina. No sé cómo sabe que está allí, pero su dedo enfila a la abuelita, que se vuelve a santiguar—. En la guerra civil salvó cerca de treinta personas escondiéndolas en su buhardilla, siendo ella apenas una muchacha. Se jugaba la vida todos los días por gente que no conocía. Es una bellísima persona. Sus hijos son encantadores. La visitan poco. Me quedo callado. No sé muy bien qué aportar a la conversación. —Lo mejor que tiene, sin embargo, es que jamás se olvida del nombre de la gente que viene. Los recuerda todos. Ahora mismo probablemente esté rezando un misterio por ti, chico. Acércate luego y dile tu nombre. Te lleva en el corazón y no te conoce. Me muevo incómodo en la silla, ahora sí que no sé qué decir. Él sigue tallando. Dudo si quiere seguir hablando de Elena o si volverá a imbuirse en tu trabajo. Durante varios segundos talla, calla. Cuando abro la boca para volver a preguntarle acerca de su vida soy interrumpido. —Policarpo —señala con la navaja al abuelo de la televisión para luego volver a su trabajo, ¿cómo lo hace?— tenía una panadería en su pueblo. No ganaba mucho porque gran parte de las veces daba el pan gratis, sobre todo si la familia era humilde. Y en un pueblo pequeño, hijo mío —no sé en qué momento me ha adoptado— todas las familias son humildes. Deberías verle explicar cómo se hacía el pan. ¡Con masa madre! Una receta de su abuelo, que vivió en unos años de los que tú sólo conoces lo que sale en los libros de historia. Sigue tallando. Bajo sus manos tiene una papelera donde cae lo que va arrancando de la madera. Tiene una forma extraña lo que talla. Dudo mucho que sepa qué está haciendo, con los ojos que le han quedado. —Policarpo rasca la tela del sofá porque tiene la manía desde pequeño de rascar la masa que se quedaba en la encimera. —¿Cómo sabe que está rascando el sofá? Empiezo a cuestionarme si realmente no ve—. Se ha quedado con ese tic, que le recuerda cuando aún podía hacer pan que daría de comer a una familia feliz en torno a una mesa llena. Ya no hay tantas familias felices, y las mesas son para pocos. —En eso le doy la razón. La gente no sabe hoy en día apreciar la familia. Me mira con sus ojos veteados de cataratas. ¿Debería haber hecho ese comentario? ¿Es esa mirada un reproche? Sonríe de forma enigmática. ¿Seguro que es ciego? Entra un enfermero, que se acerca a la señora del cojín de Julio y la despierta con suavidad. —Juani, las pastillas —le dice. Juani toma el vasito que él le ofrece, lo empina con mucho arte, y vuelve a pasar el brazo por su cojín y a echar la cabeza hacia el lado, para seguir soñando que es una chica gogó del cantante. —La gente no sabe apreciar nada, y en la gente nos incluyo a ti y a mí. Aunque los años dan cierta perspectiva. La juventud es una ventaja temporal, chico. Si se tiene suerte se llega a viejo. Asiento, sin caer en que no ve mi gesto. Necesito acabar ya con esto, porque no tengo ganas de alargar de más la entrevista y porque, aunque ya casi me he acostumbrado, el olor del salón sigue resultándome desagradable. Miro sus manos. Las tiene muy gastadas, llenas de serrín y de pequeñas cicatrices que le dan un aspecto curioso de telaraña. De viejo. De polvoriento. A pesar de ello, mueve con maestría la cuchilla de la navaja. De abajo a arriba. De vez en cuando se detiene, pasa el dedo por la figura que está sonsacándole a ese cacho de árbol muerto, y continúa entonces por otro lado. Sigo sin ver qué es exactamente. Es curioso, él si lo ve. Aunque tengo mis recelos. —¿No te parece que falta algo en este salón? Recorro el espacio con los ojos tratando de averiguar a qué se refiere. Hay todo lo que cabría esperar en una residencia de ancianos con pocos recursos: hay ancianos y pocas cosas. —Un poco de vida, si le soy sincero, pero tampoco creo que debamos ser exigentes. —Me giro de nuevo hacia él. Ha dejado de tallar—. ¿En qué momento se decidió por la carpintería? Sólo quiero que responda. Se ríe, y la suya es una risa cascada, un rasgo suyo de nuevo polvoriento, aunque cariñosa. —Sí, chico, le falta la vida. ¿La vida? Se pone en pie, deja la navaja sobre la silla y, sin palpar ni nada, con paso seguro, va hacia una esquina del salón. Le sigo, porque, aunque he perdido la esperanza, y no creo que me lleve nada de este rato, sí me interesa ver qué hace con la talla. En la esquina hay una mesita que pasa desapercibida, y en la mesita otras dos tallas que no entiendo muy bien qué son hasta que miro la que él tiene aún entre sus castigadas manos. Caigo en la cuenta de qué es en lo que ha estado trabajando. —¿Que por qué me hice carpintero? De nuevo su risa hueca, alegre. Le da un beso, pone la talla entre las dos que ya hay, completando la escena, y me mira, y me ve. —Había un Niño… * * * La tentación de cambiar cosas que veo 4 años más tarde y me rechinan es grande. Pero así se va a quedar. Besines, Irene
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Sobre el blog
Dec 26 ⎯ Hola. Soy Irene. Ya tenía otro blog, en Notion, pero en un alarde de ingenio he pensado que me viene mejor algo más minimalista para hacer lo que quiero hacer: escribir. Fin.