Me gusta escribir, me gusta el rock, la tarta, las historias, dibujar, la gente, estar sola y el cine.
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Martha bajo la lluvia
feb 09 ⎯ ❤️👏😮4Me estoy leyendo «Contra toda esperanza», libro de Armando Valladares, poeta que vivió preso 22 años en el régimen de Castro en Cuba. Sobra decir que fue arrestado injustamente, sin pruebas en su contra, sin juicio y sin humanidad. La historia de Valladares no es para nada bonita, como cabe esperar de alguien que entra a los 23 años en una cárcel donde no hay letrinas, donde les dan agua una vez al día metiendo una manguera en el recinto (a veces mientras duermen, y el que no llegue a tiempo se queda sin su ración de agua para el día) y riéndose de cómo los presos tratan de llenar sus cubos, y donde los fusilamientos son algo diario y motivo de risa para los carceleros. Y esto es de lo más suave. Valladares habla de cómo su fe en Dios le ayudó a mantener una esperanza inquebrantable. Más de veinte años después los coroneles de la Policía Política tendrían que comentar, con odiosa envidia, que siempre me estaba riendo. Me quitaban el espacio, la luz, el aire, pero no pudieron quitarme la sonrisa. Yo lo consideraba como un triunfo del amor frente al odio. En fin, no quiero hablar de los horrores que vivió, porque creo que es mejor animar a mis queridos lectores a que tomen ellos el libro y se hagan una idea de lo que el régimen comunista fue en Cuba. Yo quiero hablar de un capítulo en concreto, muy breve, cuyo título reza «Martha bajo la lluvia». Me llamó la atención porque el resto de capítulos son «Las requisas, golpes y saqueo», «Preparativos de fuga», «Suicidios y excrementos»… y de repente, Martha. Valladares y otros presos resolvieron que la única salida era escapar. La decisión fue motivada por un intento de rebelión fuera de las cárceles que el régimen castrista aplastó. Para evitar que se repitiera, pusieron en el sótano de la cárcel donde estaba el autor ingentes cantidades de dinamita y les repitieron que, si había otro intento de oposición, volarían a todos por los aires (eran más de 6000 presos). Viendo que el régimen había llegado para quedarse, decidieron fugarse. En la segunda de dos visitas que concedieron a los presos, su familia no pudo llegar a tiempo porque los bajaron de su barco para transportar a milicianos y a la Policía Política. Esa visita era clave, pues sería la última antes de su intento de fuga. Armando relata: El 5 de septiembre amaneció gris y lluvioso. Una de las típicas perturbaciones ciclónicas del Caribe se acercaba a Cuba; y en los días anteriores a su llegada los chaparrones y el viento habían sido frecuentes. Para nosotros la visita de ese día sería trascendental; para mí muchísimo más, pues aunque no lo sospechaba siquiera, en ella conocería a mi futura esposa. Y precisamente este contacto, más que el otro que esperábamos, iba a ser el que me sacaría de la cárcel, veintidós años después... La realidad siempre, siempre, supera a la ficción. Voy entendiendo el título del capítulo. Continúa: El cielo se oscureció por el este y aparecieron gruesas nubes. Con un ímpetu tremendo comenzó a llover. Cerca de seis mil personas bajo la lluvia. Me coloqué frente a Martha, de espaldas al viento, para que las ráfagas de agua no cayeran sobre ella directamente; era cuanto podía hacer. En unos minutos todos estábamos empapados hasta los huesos. Luego de mil solicitudes y gestiones se logró que la dirección permitiera a las mujeres cruzar la calle para trasladarse al comedor, en el que todos cabíamos, por su inmensa capacidad de casi 6.000 comensales. Tuve que releer este párrafo varias veces, de bonito y delicado que me pareció. No son necesarias grandes muestras de valor, ni gestos de cariño explícitos. Aunque en otros contextos son valiosos, por supuesto. Lo que me conquistó fue el detalle tan, tan sencillo y, a vista está, inútil. Acabaron caladas todas las personas hacinadas en el patio de la prisión igualmente. Pero él había intentado protegerla de la lluvia. No lo había conseguido. Pero en su estado de cautiverio, sin que su familia hubiese podido llegar a la visita, comiendo la misma comida con gusanos todos los días... Ve a Martha bajo la lluvia y hace «cuanto podía hacer». Quizás a más de uno le parezca que no es para tanto, y quizás lleven razón. Supongo que a todos nos impresionan gestos distintos. Iniciamos una charla sobre temas generales, yo buscando información acerca de sus actividades, dedicaciones. Recuerdo que cruzó los brazos sobre la mesa y reclinó en ellos la cabeza. Estaba así más cómoda y el cansancio del viaje y las cuarenta y ocho horas sin dormir hicieron el resto; se quedó dormida mientras su admirador y futuro esposo le hablaba... Me levanté con cuidado y me acerqué a una de las ventanas enrejadas por las que entraba el aire para tratar de secarme un poco la ropa. Pero terminé tiritando de frío. Volví a la mesa. Mi linda amiga dormía todavía, y me quedé contemplándola. Sentí una gran ternura al hacerlo, una ternura que nunca había experimentado. Dios es sabio en sus designios y emplea a veces los métodos más insospechados para que dos seres se encuentren y unan sus almas. Salió del presidio con 45 años. Escribió este libro y fue capaz de, entre tanto horror, detallar con delicadeza su primer encuentro con Martha. El libro es duro, pero muy humano. Al final del mismo hay varias páginas con nombres de muchos de los compañeros de Valladares en esos 22 años, acompañados de sus fotos y una breve descripción del papel que jugaron aquellos años. En el prólogo, Valladares detalla que los ha añadido para que el lector vea que no sólo son un nombre plasmado en el papel, sino que eran personas, de carne y hueso, que pasaron por horrores parecidos o peores. Nada más que aportar.
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Semper fidelis
feb 01Esta semana lo que he escrito ha sido en mi Moleskine y en mi Moleskine habrá de quedarse. No quería dejar de publicar algo. Esto es un relato que presenté hace un año a un concurso. Este año no me he vuelto a presentar. Pretendía, pero la vida en un revés me dejó algo «moñeque», como dice una amiga mía, y preferí renunciar a presentarme a forzarme a escribir algo que no me nacía. Hacía años que la veía por el mercado: joven, frágil, alegre y melancólica, con unos ojos tristes y unos labios sonrientes. Andaba con gracia y su figura esbelta esquivaba a los mercaderes y sus bestias de carga, mas no a los mendigos, a los que se acercaba y con los que conversaba. Solía ofrecerles una comida caliente en su casa. Algunos de ellos declinaban la oferta, huraños, desconfiando de que una muchacha hermosa y dulce pudiera, además de dirigirles la palabra, saciar su hambre con un plato caliente. Los más enamoradizos asentían con ganas, en ocasiones con demasiada efusividad, cuyo resultado era un gesto de incomodidad por parte ella, aunque enseguida se recomponía. No la veía siempre, por supuesto, pero cuando no lo hacía, echaba en falta su presencia clara y sus ademanes tiernos entre los gestos toscos de costureras y panaderas, entre manos callosas de los herreros y carpinteros. En más de una ocasión me encontré yendo al mercado sin tener allí ningún quehacer. Caía entonces en la cuenta de que lo que ocupaba mi mente era ella, y solo ella. Hasta que reuní el valor y decidí abordarla, mas no entre el gentío, pues podría ahogar las palabras que tantas veces me había repetido a mí mismo paseando entre las murallas, soñando con que tendría una oportunidad. En varias ocasiones me presenté en el mercado, y lo recorrí de parte a parte, buscando entre humos y olores, entre telas y tallados, para volver a casa sin haber reconocido en aquel cuadro el pelo oscuro y recogido, la frente clara y las manos finas de ella. Y llegó el día. Me hallaba contando unas monedas para adquirir unas cinchas de cuero cuando a mi lado se detuvo una presencia que no veía pero reconocía, y que me hizo olvidar las cinchas, las monedas, el mercado y la muchedumbre. —Caballero, ¿cuáles quiere entonces? Miré al mercader, pero no osé mirarla a ella. En la distancia era fácil admirarla. De cerca temía que su rostro, que sabía vuelto hacia mí, derrumbara mi discurso tantas veces ensayado. —No… Quiero decir, disculpe. Atienda a la dama. El mercader se dirigió a ella, que cambió la dirección de su mirada. Di un paso atrás para dejar que hicieran negocio sin espectador y para, no me avergüenzo, poder observarla de cerca. Su cabello oscuro recogido estaba adornado con una peineta delicada de plata y pequeñas joyas. Sus manos finas regateaban el precio de un cinturón con el negociante que, encandilado, bajaba cada vez más su precio. —Le encantará, ¡no lo dudo! —comentó él. —Sí, eso creo —murmuró ella. Se giró hacia mí y como yo ya la miraba nuestros ojos se encontraron. Eran azabaches, profundísimos, y estoy seguro de que leyó con ellos lo que mi alma a gritos proclamaba y mi expresión con gestos escribía. —Ya puede usted seguir viendo lo que quería, mi señor. Gracias por cederme el turno. Sonrió y se fue. El mercader recordó que no todos sus clientes eran bellas damas y su gesto pasó de tierno a hosco. —Entonces, ¿qué desea? Pero ya me estaba yendo tras ella, dejando claro que lo que deseaba era estar a su lado. La vi doblar una esquina y, feliz, me detuve un instante, respiré hondo y me dispuse a perseguir mi ideal cuando escuché su dulce risa… y la de un varón. —Estás preciosa… —Shhh, calla, nos van a escuchar. —Que me escuchen, estoy hastiado de reunirnos en secreto. —Lo sé, pero no es buen momento. Mi padre ha perdido las pocas tierras que le quedaban… —¡No importa! Hablaré con él. Haré fortuna en el frente y volveré. —Bueno… E intuyendo que los dos enamorados, tiernos, se besaban, me marché cabizbajo y desesperanzado, y me maldije por no haber actuado antes. Pasó mucho tiempo sin que fuera al mercado. Mis más cercanos allegados, preocupados por mí, se encargaron de que me visitaran doctores y curanderos, mas yo permanecía en cama pensando en lo que pudo ser y no fue. A los meses me recompuse, pues un hombre de mi talla y edad no podía pasarse el día languideciendo en sus aposentos. Cierto es que seguía pensando en ella, pero rogaba a Dios que me diera otra joven esposa que la igualara en gracia y encanto. Sin embargo, aún me costaba frecuentar el mercado. Paseando un día por los jardines que rodeaban la catedral vi en un banco a una muchacha de espaldas, el pelo cubierto por un velo, su espalda arqueada hacia abajo. Sollozaba. Miré a mi alrededor, y no parecía tener acompañante. Me acerqué a ella. —¿Qué os aflige, señora? ¿Puedo hacer algo por aliviar vuestro llanto? La joven suspiró y secó sus mejillas con un pañuelo. Volvió su rostro hacia mí, y en sus ojos reconocí la misma mirada honda y melancólica que aquel día creí haber perdido. —Mi señor, disculpe mi estado. Me creía sola en los jardines. Me voy, así no turbaré su paseo. Se levantó, dispuesta a hacer lo que me decía. No sé qué clase de osadía me llevó a tomarle la mano, que más parecía de mármol por su frialdad y tersura que de piel y carne. Se estremeció y la retiró, sorprendida ante mi actitud. —Perdóneme, pero creo que usted necesita este jardín más que yo. No tema, no me importuna. Puede quedarse el tiempo que haga falta. Hizo un amago de sonrisa y volvió a sentarse. Me alejé, no sin antes girarme para ver de nuevo correr por su fina piel las lágrimas. Y de esta manera se estableció entre ambos un mutuo respeto y, quizás lo soñara, admiración, pues volví a ese jardín, y bajo el mismo naranjo la encontraba siempre, día tras día. Los había mejores, en los que el sol entibiaba su llanto y su rostro se asemejaba a la luna misma, clara y pálida, triste y lejana, pero con cierto color; así como peores, en los que un capote gris cubría el cielo y su mirada perdida, que evocaba un gran sufrimiento. Pasados unos días me encontré, tras el oficio de Nona, venerando a la Santísima Virgen, la única mujer que superaba en belleza y bondad a mi dulce joven llorosa del jardín. Engarzando jaculatorias mis ojos reposaron sobre las flores que a los pies de la Virgen las viudas dejaban para honrar a la que fuera viuda y presenciara la muerte de su Hijo. Muchas de las señoras cuyos maridos y vástagos habían emprendido la gloriosa hazaña de luchar por la reconquista de las tierras perdidas a manos de los moros encontraban en la Reina del Cielo consuelo. Consuelo de que un día resucitarían junto a sus amados y se reunirían en la Gloria del Padre. Solían dejar flores silvestres, las desdichadas señoras, pues las más delicadas crecían en lugares como monasterios o como casas nobles… como la mía. Salí de la catedral rumiando un plan descabellado pero, a mi parecer, lleno de delicadeza. Temiendo perder mi encuentro no formal pero sí habitual, corrí aprisa a mi hacienda, en la que preparé como pude y supe un ramilletes de violetas. Busqué con qué atarlo, y recordé que mi padre guardaba unas cintas con las que mi madre adornaba su pelo en un cofre a los pies de su cama. Cogí una cinta roja como la sangre y me fui aprisa. Conforme entraba en los jardines de la catedral vi algunos tallos tiernos y verdes que arranqué y añadí al ramo. Me dirigí al naranjo, y bajo él no la encontré. Frustrado ante mi nefasta idea procedí a marchar. —Ya notaba yo su ausencia, mi señor. La miré. Su rostro parecía haber adquirido rubor, ya por el sol, ya por dirigirse a mí. Sus ojos, eso sí, no perdían el tinte de aflicción. —Señora, excuse mi demora y acepte estas flores como perdón. Sonrió dulcemente y tomó las flores de mis manos. Acarició la cinta y me miró, agradecida y sorprendida. —No será esta cinta de su señora esposa, ¿no? —No tengo el placer de contar con una compañera a la que me haya unido con Dios como testigo —comenté, para luego mirarla de soslayo y añadir—, ¿será que vos lloráis la pérdida de algún ser amado? Su mirada se empañó si quiera un instante, y se llevó las violetas al rostro, pensativa. —¿Querrá usted hacerme compañía hoy? —Querría siempre. Pareció no oír mi contestación. Pasó a mi lado y se sentó en un extremo del banco. Posó las violetas junto a ella, dejando espacio suficiente para que yo cupiera. —Si a la señora no le importa, permaneceré de pie. Aquí sí asintió, aunque levemente. —Hace unos meses un hombre al que amaba pidió a mi padre mi mano. Estábamos enamorados el uno del otro y no creímos que mi padre fuera a negarse, pues es de buena cuna. Sin embargo, tras la pérdida de sus últimas haciendas, mi padre no consintió que tomara por esposo al hijo menor de la familia. Él le aseguró que haría fortuna en el frente, y me pidió que esperara cinco años —murmuró con voz queda—. De eso hace ya un año y dos meses. El jardín entero pareció simpatizar con el relato de la joven, pues quedó en suspensión, y ni el rumor de las hojas con el viento ni los retazos de salmos que solían llegar del interior del templo interrumpieron el silencio. No recuerdo qué le respondí, ni siquiera recuerdo si llegué a decir algo o si, por el contrario, me senté a su lado para que no viera las lágrimas que asomaban a mis ojos. Los siguientes meses fueron los más dulces y bellos que recuerdo, y que con celo guardo. Seguimos encontrándonos en el jardín. Al día siguiente de su confidencia llevaba en el pelo la cinta del ramo, cosa que le hice notar y a lo que ella respondió nada más que con una sonrisa. A mí eso me bastaba. Se llevaba su labor y bordaba mientras yo la miraba, aunque cuando levantaba la vista yo hacía lo mismo, haciendo parecer que las hojas del árbol que había a mi lado eran de un interés extremo. Poco a poco la conversación entre ambos creció. De cuando en cuando me contaba cómo su padre quería casarla, y cómo ella se escabullía de la conversación siempre con astucia y algo de picardía. Y el naranjo, que tantas veces la había arropado en su desconsuelo, pudo oír al fin el timbre de su risa, e incluso, en ocasiones, una tonadilla tarareada mientras bordaba. Mi amor por ella yo creía que era imposible que creciera, pero cada vez que la miraba se avivaba en mi alma el sentimiento que tenía. Más meses trascurrieron, y ella no se olvidaba de su amor, y yo no me olvidaba del mío, más no osaba confesarlo, aunque ella me preguntara si no había alguna doncella que a mis ojos resultara hermosa y buena. Cada vez que preguntaba yo evitaba devolverle la mirada porque sabía que, si lo hacía, ella se vería reflejada en mis ojos y sentiría compasión por mí y me privaría de su presencia en un intento de aliviar mi corazón. Con el transcurso de los años su padre se volvió más insistente, y ella menos vehemente en sus argumentaciones, cansada de responder lo mismo que respondería mañana. Un mes antes de que se cumplieran los cinco años su padre, enfermo y desesperado por casar a su hija antes de partir a la Gloria Celestial, le dijo que escogería él marido. —Le he dicho que no podría vivir casada con un hombre al que no amo. —Lo entiendo, mas también comprendo a su padre. —Por eso yo le dije que cumpliría su deseo. Solo le puse una condición… Jugueteó con la cinta roja, que esta vez llevaba ceñida a la cintura. Mi pecho se comprimió ante la idea de perderla a brazos de otro. —¿Y cuál es, señorita Isabel? Me miró, ruborizada. —Si me caso, ha de ser con usted, don Pedro. La boda se preparó en unas semanas. Cada día ella estaba más hermosa, cada día yo más feliz. Nos seguíamos viendo en el jardín, donde yo ya podía coger sus manos, ahora cálidas, y besarlas y decirle lo mucho que la había querido siempre, y lo inmensamente feliz que me hacía. Ella sonreía y acariciaba mi pelo, mientras me respondía “Lo sé, lo sé…”. Debió ser casualidad, pues no podría ocurrir de otra manera, que el día en que me uniera a ella en santo matrimonio coincidiera con el quinto aniversario de la partida del que fuera su amado. Las campanas repicaban al ritmo de mi pulso acelerado. No creo que nadie jamás haya experimentado la dicha que yo experimenté cuando salimos de la catedral como Dios había pretendido siempre, “como una sola persona”. Aquella tarde celebramos nuestras nupcias, y al caer la noche la tomé en brazos y la llevé al lecho, donde fuimos una sola carne y donde la quise más que nunca. Fue nuestra única y última noche de bodas. Aquella tarde había llegado a la ciudad un valeroso soldado del frente, acompañado de un séquito que azuzó la curiosidad de los habitantes de la ciudad. Al pregunta por Isabel de Segura su rostro se ensombreció: había de estar en su nuevo hogar, con su marido, celebrando el enlace que se había producido esa misma mañana. El soldado agradeció la información con un puñado de maravedíes y fue a buscar posada. En la madrugada de aquella noche, el soldado logró entrar por la ventana en nuestros aposentos, y despertó con cuidado a mi esposa que, al ir a gritar, vio su alerta ahogada cuando él tapó su boca y le dijo: —Soy yo. Isabel, anonadada, no daba crédito. —Isabel, soy yo. Quiero un último beso. —Bien debierais saber, señor, que el hombre que yace a mi lado es mi esposo, y a su confianza y a nuestro compromiso con Dios no he de faltar. —¡Por favor, lo ruego! Solo uno… Isabel se negó y el soldado, como si un rayo cayera sobre él, se derrumbó ante ella y exhaló un último suspiro. Todo esto me lo narró ella apenas ocurrió, pues me despertó, agitada, tras comprobar que aquel hombre se hallaba muerto. Descompuesta, me prometió que había guardado su voto para conmigo y el Altísimo, y se había negado a besarlo. La creí entonces y la creo ahora. Y, aunque no dudara de su palabra, entre los dos llevamos el cuerpo a las calles, donde lo encontrarían al día siguiente, pues las gentes podrían pensar que al verle yo hablar con mi esposa no dudé en matarlo. A la mañana siguiente el regocijo en la ciudad que el día previo había inspirado tornó en especulación y susurros ante la misteriosa muerte del recién llegado. Isabel se puso la cinta roja en el cabello en un sobrio recogido, y un velo oscuro para ocultar su pena. No le pregunté a dónde iba, pues sabía la respuesta. Cuando entró en la iglesia las ancianas creyeron ver en ella una aparición que, sin dejar de mirar el féretro, recorrió el pasillo central como el día anterior, para acabar junto al altar y al antiguo amado. Alzó su velo sobre su frente, y contempló el rostro que en tantas ocasiones había mirado con amor. Esta vez no era distinta. Se inclinó sobre el cadáver y besó su frente. Al rato las ancianas comenzaron a murmurar. —¿Quién es la joven que abraza al muerto? —¿Acaso le conocía? Finalmente el sacerdote, descontento con la escena, se acercó a la dama para pedirle que se retirara. Al ver que esta no respondía tomó su mano, fría y tersa como el mármol. Estaba muerta. Cuando vinieron a avisarme me encontraron llorando. Sabía que había marchado, mi alma no era indiferente a la suya. Enterraron al soldado aquella mañana, y a ella a la tarde. Acaricié por última vez su tez, pálida y preciosa, y besé sus manos, entre las que puse un ramo de violetas atado con la cinta que tan fuerte nos había unido. Se ofició el funeral y nos dirigimos al cementerio, donde la dejé en eterno descanso, sabiendo que algún día reposaría yo a su lado. Comenzaron a correr rumores, que decían que el soldado era un joven turolense que volvía de la guerra santa contra sarracenos para pedir la mano de la que fue su amada. Decían que Diego e Isabel se habían prometido amor eterno. Decíase de ellos que eran los enamorados de Teruel. Yo no he vuelto a casarme. Isabel fue y es el amor de mi vida. Cuando ella murió, algo se desgarró en mi alma y comprendí que había partido a otra vida. A los pies de Nuestra Señora pongo ramos de violetas. Escribo estas líneas como testimonio de la rectitud de corazón de la bella Isabel, cuyo corazón, de tan tierno, enamorado del mío, no pudo soportar herir el de su primer amor. Mientras, yo me consuelo sabiendo que un día resucitaré junto a ella y nos reuniremos en la Gloria del Padre, y él nos acogerá como uno solo.
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Tren Pamplona-Madrid
ene 25Camino a Madrid, mirando por la ventana, veo a un abuelo, en un patio trasero de algún cortijo, lleno de trastos, de palés, de trozos de cosas que un día fueron y que ahora son a duras penas. Lo veo de lejos, es del tamaño de mi pulgar. Lo veo, pero él no me ve a mí, y lo veo tan claro y nítido como mis lentillas, medio secas porque bebo unos cien mililitros de agua al día no más, me lo permiten. Y entonces pienso que él no me ve a mí, y jamás sabrá quién soy, ni será consciente de que ahora habita entre los ceros y unos que mi ordenador procesa y convierte en palabras plasmadas en un documento de Word, en un folio digital en negro (porque el modo oscuro de Microsoft hace más interesante aquello que escribes) que recoge lo que se le pasa por la cabeza a una andaluza que va de norte a sur para celebrarle a su madre sus sesenta años. Y jamás sabré su nombre, y para cualquiera eso no sería un problema, pero para mí sí. Porque mi curiosidad, patológica, excesiva, entrometida y entremetida en cada neurona que me hace ir a mil por hora al segundo, me carcome. Jamás sabré su nombre. Se lo puedo poner, claro que sí, puedo llamarlo Perico, al gato negro que andaba a su lado lo puedo llamar Nemo, como el prota del libro favorito de Perico cuando era pequeño, y se llama así porque es tuerto y tiene una extraña fijación con las perlas que se ponía la mujer de Perico cuando aún vivía. Claro que le puedo adoptar y poner un nombre completamente distinto, pero probablemente no se llame Perico, ni su mujer tuviera perlas que ensimismaran al gato. Lo mismo el gato no era ni suyo. Y ahí me enfado contra el mundo por no tener una enciclopedia donde buscar esas cosas. Cosas que me intrigarán toda mi vida, como aquel número que me llamó de Irlanda en mi 20 cumpleaños. A esa llamada también le di una historia, a la persona al otro lado le regalé una identidad, una vida, una existencia, un ser. Pero sé que no era la verdad, y me gusta la verdad. Es siempre igual, no varía, puedes confiar en ella. Me intrigará toda la vida el misterioso chico de chupa de cuero, gafas cuadradas, rubio y más bien bajito que se acercó a la hermana de Dani al escuchar que ella le llamaba a él por teléfono preguntándole dónde estaba y le dijo que estaba dentro de El Labrador, en la parte de arriba. Ni la hermana, ni Dani ni yo lo conocíamos. Me intrigará como me intrigará la historia de aquel sacerdote que vi una vez en una iglesia por Europa, no recuerdo en qué viaje, y que me pareció guapísimo, y que me habría encantado conocer para poder preguntar cómo se había enamorado de Dios, me intrigará como aquella iglesia que visitamos entre Praga y Cracovia, después de que nos secuestrara el chófer (y esto no es una exageración) y le obligáramos a parar para poder tener misa donde fuera, y al final acabamos allí, Dios sabe cómo se llamaba la iglesia, y nos atendió un sacerdote y una señora mayor, y dimos la misa en italiano, latín, español e inglés con un poco de checo, y el evangelio lo leyó Mariángeles Nogueras y su cara al decir «Palabra de Dios» no la olvidaré, como no olvidaré que nos sacaron unos dulces para todas (unas 40) que estaban espectaculares, y eso que parecía que no tenían ni para un zurcido y que la iglesia se caía a trozos y la engalanaban telarañas que parecían más bien cortinas. ¿Cómo se llamaba la señora? ¿Qué fue de aquel cura? ¿Irá mucha gente a esa iglesia? Tampoco olvido al poli que nos echó la bronca por colarnos en los Peines del Viento en Sanse, y que nos dijo que bienvenidas a este gran país. ¿Habrá caído ya en que el País Vasco es parte de España, lo quiera o no? La señora que hace una semana se nos acercó a Dani y a mí al acabar la misa y nos susurró “Los más guapos atrás del todo”, ¿tendrá nieto favorito? ¿Tendrá nietos acaso? Dónde está ahora Álex, el autobusero que a veces nos dejaba pasar sin picar, porque cogíamos todos los días ese bus a casa las tres hermanas, de uniforme, con gafas, las tres, con sonrisas, las tres, con la mochila llena de anécdotas que contarle por encima, y de apuntes que habíamos usado para hacer como que estudiábamos en el estudio del club. ¿Y aquel señor que en mitad del tráfico le preguntó a Papá dónde estaba “recogenda”, y fui yo la que al final dio con la tecla y dije que se refería a Recogidas, y eso que no sabía ni dónde estaba esa calle ni que fuera eso, una calle, de tan enana que era? O el chico que en la exposición de perros servía en la barra y sacó justo una lata con mi nombre, cuando las latas de Coca-Cola llevaban nombre, y mi hermana le dijo que si no tenía una con el suyo, y él la cambió por el nombre de mi hermana, y eso que ella ya tenía una lata con su nombre. Qué fue de él. ¿Quién llamó al timbre del piso a principios de curso a la una de la mañana, cuando sólo estaba yo despierta? ¿Qué quería? ¿Qué querían todos ellos? Me iré a la tumba sin saberlo, y me iré a la tumba con ganas de saberlo. Quizás algún día me cruce contigo y te encasquete una identidad, y tú no lo sepas porque no sabrás que te he visto, a lo lejos, leyendo un cartel concentrada, mientras sacas Cheetos Pandilla, los mejores, de la bolsa y te los llevas a la boca. Un apunto sobre esto que he rescatado de hace ya porque de vez en cuando lo releo. - El modo oscuro de Word —el modo oscuro en general— es terrible. Me he pasado al modo claro en todo. Me creía guay o algo.
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Trucha, Ale, bailar, cosas divertidas
ene 18El viernes quedé con Taila (Trucha, para aquellos que no lo sepáis). Cuando nos conocimos pensé «qué tipa tan peculiar» y al año siguiente nos pusieron a vivir juntas en un piso tutelado (suena a internamiento psiquiátrico, es en realidad una forma de alojamiento alternativa a los colegios mayores) y seguía pensando «qué tipa tan peculiar» pero ahora la tenía en la cocina comiendo cereales por las mañanas. Habíamos quedado el sábado pasado, pero mi convalecencia impidió el tan anticipado encuentro. Lo intentamos de nuevo el viernes. Cuando logré zafarme de mis compromisos profesionales pasé por una floristería y le compré azucenas. El florista, un señor mayor, se despidió diciendo «Adiós, guapa» y siguió hablando con su amigo, ambos de pie en un espacio de 2×4m², y yo me fui sabiéndome guapa y con unas flores muy bonitas. Llegué a su piso (vive a 4 minutos del mío) y tenía preparadas galletas. Lo primero por lo que me preguntó (hace como que no, pero es una marujilla) fue por mis novedades amorosas. Le dije que caput, y empezó a reírse mucho. «Te había hecho esta galleta en forma de corazón». Dios existe porque solo Dios podría haber concebido la idea de alguien como Taila. Su flor favorita se llama pillanovios. Cuando terminamos de merendar me llevó a su habitación para enseñarme los últimos libros con los que se había hecho y ofrecérmelos. Como quien ofrece una muestra de afecto, un detalle, un souvenir, Taila me ofrece sus libros y sus apuntes personales sobre cada uno. Disfrutamos mucho al ponernos al día, se horrorizó cuando le dije que hacía 7 años que nos habíamos conocido y me di cuenta de que finalmente se había hecho los agujeros para los pendientes, solo ha esperado 24 años. El sábado yo no iba a ir a «El Despertar», la movida esta de charlas y demás. Mis motivos tenía, pero el principal era: qué pereza de evento, quillo. Ale me llamó. Un consejo: cuando Ale te llame, si sabes que es para proponerte un plan, no descuelgues, porque va a insistir hasta que cedas y tú, que eres una liada y te apuntas a un bombardeo, no tardarás en caer en su trampa. Yo descolgué y caí. Nos fuimos al evento. Llegamos 1h y 15mins tarde (yo sabía que si iba con Alejandra eso iba a pasar, uno debe atenerse a las consecuencias de hacer planes con ella). Fue sentarnos y empezó, lo que, para desgracia del mundo, solo anima a Alejandra a seguir yendo a su ritmo porque el universo de una manera u otra se adapta a su persona. Hubo algunas interveciones que me gustaron mucho. No repetiría. Cuando vimos que era imposible colarnos en pista una vez empezó la música, aunque Rafa nos animara a saltar desde las gradas (Rafael, ¿nos tomas por energúmenas?), nos sentamos un rato, disfrutamos como abuelitas dos canciones del concierto, y al McDonald’s. De allí a La Sota. Alejandra decidió que no podía ser que yo no supiera qué era La Sota, o cualquier otro bareto/garito con música. Me hizo un croquis que ya he olvidado, y nos fuimos a bailar. En donde siempre acabo bailando (voy a obviar el nombre del sitio porque me da mucho lache) estaban Riqui, Pablo, Rafa, Pauli, Cons… (no os sorprenda que Constanza estuviera allí tras haberme llamado por teléfono 50 minutos atrás y haberme dicho que se estaba yendo a casa a dormir). Fue divertido. Lo disfruto mucho y lo odio profundamente. Salir de fiesta es para mí un proceso de alienación y reencuentro: a ratos bailo y me da igual todo, a ratos me aparto un poco y contemplo cómo a mi alrededor se desarrolla el caos y la socialización más básica y primitiva, a base de movernos y saltar, como si volviéramos a las cuevas, y me pregunto por qué no mejor nos vamos al salón de una casa a charlar con la calma. Luego vuelvo a bailar, que me gusta mucho, y así paso el rato. Volvimos al piso de Ale, me prestó un camisón (no entiendo nada) y hoy he amanecido y al entrar en el salón me ha recibido un abrazo de Sophia. Algunas cosas divertidas Conocí a uno de Bilbao que me dijo que era de Bilbao a la tercera intervención en nuestra conversación, creo que es el record de rapidez. Estaba con mis amigas y se me acercó una chica con dos chicos, plantó a uno de los chicos delante de mí y dijo «es ella». Él negó. —¿Te llamas Irene?— me preguntó la chica esta. —Soy Irene. —No es Sofía— dijo el chico a otra chica. Yo miré a mis amigas, no entendía nada. Creo que el pobre chaval tampoco. Risa nerviosa (ellos, yo estaba pasándolo pipa), nadie me explicó nada y se fueron. Pasamos por un bar cuyo escaparate rezaba la siguiente frase: «Posiblemente la mejor tortilla del barrio». Me hizo mucha gracia pensar que cuando alguien fue a poner «La mejor tortilla del barrio», un amigo lo paró y le dijo «oye, no, quién sabe, a lo mejor no es la mejor del barrio», y la solución al problema fue poner el adverbio delante. Le pegué tal pellizco a Ale por ser una indiscreta que se le saltaron las lágrimas. La verdad es que eso no fue divertido, y menos para ella, pero creo que nos reiremos de aquí a un tiempo. Fin.
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Tallar linóleo, paciencia y Mirian
ene 11Llevaba tiempo queriendo tallar más sellos. Hoy me he animado. Aquí el vídeo ASMR *aesthetic* superguay del Paraguay (es mejor con sonido porque lo digo yo). La primera vez que escuché la palabra «linóleo» fue en cuarto de carrera. Mirian me explicó para qué se usaba. Debió ver las ganas dibujadas en mi cara, porque a la semana me trajo una plancha entera de linóleo que había «tomado prestada» del laboratorio de Arquitectura, donde ella y tantos otros diseñadores echaban sus horas, para que tallara cositas. También me dejó sus gubias (la herramienta que se usa para tallar). Me puse a la obra. Se me daba… así, asá. La plancha era muy dura y mi paciencia para la tarea, poca. Pero le eché unos cuantos ratos. Los primeros diseños eran muy sencillos y pequeñitos. Fui pillándole el truco. El linograbado es un ejercicio de paciencia. No se puede ir rápido. Al contrario que al dibujar, donde procuro hacer trazos rápidos y seguros, aquí debo ir lento. Si se me escapa la gubia, haré un surco donde debería haber una línea y me habré cargado el diseño en el que puedo haber estado trabajando 2 horas (en el de hoy he estado de 14:40 a 16:20). Y para que no se escape la gubia tengo que ir lento y pensar mucho. Muchas veces al tallar pienso en Mirian, que me abrió un mundo de posibilidades. Ayer le videollamé. Estaba cuidando a Andrés, su marido, que estaba más muerto que vivo en cama y con fiebre. Pudimos hablar solo cinco minutos, pero fueron suficientes para que me confirmara que «estar casada es muy chulo» y que estaba muy contenta. Me alegro mucho. Hoy no tengo mucho más que aportar. Sayonara, gente.
- amigos
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La fiebre se nota en la ropa
ene 09Hállome en mi cama, “pal arrastre” como decimos en mi casa, pensando que soy una niña chica. Una niña pequeña, para aquellos no tan familiarizados con el habla andaluza. Hoy al volver del trabajo les he dicho a Mariate y a Edu en el salón que creía tener fiebre. Mariate ha puesto su mano en mi frente y ha constatado que no tenía. Le he dicho que igualmente iba a ponerme el termómetro, que yo notaba la fiebre en la piel, por el roce de la ropa. Se han reído de mí, pensando que estaba diciendo una peregrinada, pero es la verdad absoluta. Tenía solo 37,2, fiebrícula. Pero yo sabía que iba a aumentar, lo notaba en la ropa. Y antes de que alguno de mis queridos lectores se ponga escéptico, es así, no estoy mintiendo. Cualquier mínimo roce me resulta desagradable y molesto. Soy un termómetro humano. Uno bastante inútil, que me avisa de que empieza a aumentar mi calor corporal porque las mangas y la espalda y los calcetines y todo me incomoda. Pero no soy una niña chica por eso. Conforme me ponía el pijama y metía en la cama, tiritando de frío a pesar de tener calor (luego efectivamente ha ido en aumento) pensaba que qué gracia ponerme mala el finde y no durante la semana, para no trabajar. Quizás es muy idílico y a mí todavía nadie me ha contado que con fiebre uno va a trabajar igual, pero en mi cabeza es la vuelta al cole. Fiebre = me quedo en casa. Esta vez me da fiebre el viernes, paso un fin de semana terrible, y el lunes al cole de nuevo. ¡Pero bueno! No es justo. En realidad lo pienso a menudo. Suena mi alarma, y cómo desearía que fuera mi madre diciéndome bajito que me tengo que levantar, y yo decirle “Mami, me encuentro mal” y que toque mi frente y diga: “Tienes fiebre, te traigo el termómetro, pero es que vas a tener seguro. Hoy te quedas en casa”. Sin embargo, no es mi madre con palabras dulces. Son pajaritos piando (he llegado a la conclusión de que prefiero despertar con eso y ruidos de tormenta antes que con melodías estridentes) y yo nunca tengo fiebre. Hasta hoy. También aclararé que soy top 5 peores pacientes que vais a encontrar en vuestras vidas. Un poco de fiebre y ya me creo morir, y las fuerzas me abandonan. Pero eh, se me ha ocurrido que podría cambiar la distribución de la habitación porque me van a cambiar la cama y tengo que mover armario, estantería y muebles. Pues venga, oye, ¡que me encuentro algo mejor! 30 minutos más tarde estoy en la cama tiritando de nuevo, pero oye, la habitación parece otra. Será que el Paracetamol ya no da para más. El siguiente podré tomarlo a las 2 am. Chachi. Así que me tumbo y pienso en esos viejos tiempos en los que no tenía fiebre y no me dolía el cuerpo (y el alma de paso) y las mantas no eran papel de lija y mis manos y nariz no pasaban de estar frías a estar ardiendo en franjas de tiempo de 3 minutos. Y recuerdo por qué odio estar enferma. Es asqueroso. En dos semanas sonará la alarma y desearé tener fiebre. ¡Tonta de mí! Qué rápido se olvida el dolor. Creo que terminaré de escribir esto mañana sábado. Me duele mucho la cabeza. Adiós. SPOILER: le dolió la cabeza las siguientes 24h sin parar y la fiebre llegó para quedarse. Tampoco he tenido tanta, pero os recuerdo que soy una auténtica víctima. Estoy en el salón, mi hermano Álvaro ha entrado hace un rato y ha dicho “Toma, niñata” y ha lanzado a mi lado lo siguiente: Sospecho que su lenguaje del amor son las palabras de afirmación. Mamá me ha disuadido de salir de casa. Me cuesta mucho estar tumbada y en reposo, y con la excusa de que estaré sola en el piso he pensado que quizás era buena idea ir a casa de Constanza a que me enseñe a hacer rollos de canela, que mañana toca merendola. Al llamarme para ver qué tal estaba, le he contado a mi madre. No es tan buena idea al parecer. Charlie, que me ha llamado hace un rato, piensa lo mismo. Además él me entiende, es incapaz de estarse quieto, pero estas Navidades ha estado malo y estar un día entero en la cama es “mano de santo, de verdad te lo digo”. No he descolgado su llamada de primeras porque en la duermevela en la que he estado esta tarde he soñado que le descolgaba el teléfono mientras corría una carrera a la que me había apuntado. Llovía y yo rezaba para que mi madre no se enterara de que al final sí había salido de casa, lo había hecho en pijama y estaba dándolo todo, aunque no me supiera el recorrido. Total, que descuelgo y no es Carlos, es Ana, y Ana me dice que dé un mensaje de su parte. Me he despertado pensando que qué sueño más caótico (en mi carrera pasaba por la Plaza de los Lobos de Granada y estaba plagada de, sorpresa, lobos). Al rato he mirado el móvil y veo una llamada perdida de Carlos. Vaya, eso no era solo parte del sueño. Estoy aquí muerta del asco. Con la cabeza así no puedo leer, la música si la escucho es muy, muy bajita, he empezado una película que llevaba mucho tiempo queriendo ver pero no la estaba disfrutando así que la he quitado… (La película es esta, qué te parece. ¡Qué cosa más bonita! El estilo de animación, los personajes, sus voces… En los créditos iniciales he visto que su compositor es Bruno Coulais, el de Los Niños del Coro. ¿Qué más puedo pedir?) Si estoy escribiendo esto es porque tengo el propósito de escribir más, además de ser algo que me ayuda mucho a vaciar de pensamientos el coco, aunque ello implique mirar una pantalla un rato. En un rato ordenaré papelitos y cosas varias de mis muebles. Tengo un articulito sobre eso escrito, ya lo subiré por aquí. Por lo pronto voy a contemplar la pared un rato mientras como chocolate. La conclusión es que para escribir no necesitas un temazo, o una idea brillante. Para escribir necesitas escribir y punto. Y que la fiebre se nota en la ropa, aunque haya escépticos, que las películas de animación son maravillosas y que menos mal que suelo ponerme enferma solo 1 vez al lustro. Aclararé que a veces una, como escritora, siente la tentación de contar la historia de manera que no parezca una majadera. Me estaba dando algo de palo dejar tan claro por aquí que soy tan floja cuando estoy pachucha, pero si escribo es, ante todo, para contar las cosas, y las cosas son como son. Y yo soy una pupas. Qué se le va a hacer, algún defecto tenía que tener…