-
Presagio de castigo
ene 07En unos días hará 4 años que mandé este relato a un concurso. Lo releo y hay muchas cosas que cambiaría. Aún así le tengo mucho cariño. Y bueno, gané. No había premio pero mi relato salía el primero en la colección de cuentos y pude llevarme varios ejemplares a casita. Para mí verlo impreso en un libro era (es) más que suficiente. * * * —Tú, que va en serio. Colleja. —¡Pero tío! Segunda colleja, más fuerte. —PARA. Alza la mano. Duda. Dudar es de cobardes, y su mano baja como una guillotina, y le propina tal golpe que las gafas resbalan por su narizota y le mira con sus ojos azules, o verdes, una mezcla, qué sabe ella, bonitos y punto. —Porque eres mujer, que si no… —¿Que si no qué? Te fundo en un uno a uno cuando quieras. —Tch, por favor… Dice “por favor” haciendo énfasis en la pe, como siempre. Una frase muy de él. Todo lo hace suyo, a decir verdad. Es un maldito acaparador. —¿Te ha o no te ha cundido la tarde? Sonrisa bobalicona. Ve cómo la mano asciende y se apresura a responder. —No, pero sí. Tenía que hacer un trabajo y he adelantado parte de él. —Porque te sabes ya todos los temas de tu examen de mañana, ¿no? —¿Eh? Hace eso con los ojos y las manos que siempre hace cuando le has pillado. Qué gesto tan suyo, qué gracia le hace, jolines. Pero no puede reírse, ¡no puede! No le ha respondido, aunque ella ya sabe la respuesta: ha visto que sigue en el mismo PowerPoint que hace tres horas de reloj. El del tema 2. El tema 1 no cae. —¿Y el trabajo para cuándo es? Se ríe. Traga. Se pasa la mano por el cuello. —El 13… —¿Para el… —calcula mentalmente, y como es pésima con las matemáticas, tarda mucho, pero no le corre prisa— jueves que viene? —…de mayo. Ya está. Hasta aquí. Va a cumplir su recurrente promesa de colgarlo de la copa de un pino con un cartel en el que ponga “Soy imbécil y me encanta”. A quien le encanta, para qué nos vamos a engañar, es a ella, pero esa es otra conversación. Él se ha encogido, temeroso de que le llueva otra galleta. —No te voy a pegar de nuevo. No por ahora. Pero jo, tío, que entonces si quedamos cuando cierre la biblio pesa tu penco sobre mi conciencia. —Tch, por favor. La mirada de ella, oscura, perspicaz, atraviesa la de él. Él estira la mano y coge la de ella, que está de pie a su lado, sin dejar de mirarla. —¿Me perdonas? La acaricia mientras hace la pregunta. Es la primera vez que le coge la mano. Se oyen pasos. Por el pasillo se acerca hacia ellos su amigo con los brazos en alto y citando El Chiringuito. Él no suelta la mano inmediatamente, no le importa. Ella se ha puesto un poco roja, pero él no se ha dado cuenta porque está respondiendo “qué noshe, Pedro, qué noshe” al visitante. —El que faltaba, oye. Los dos se ponen a comentar la jugada: hablar de en qué han perdido el tiempo, citar películas y escuchar audios de amigos que están lejos y cerca a la vez. Ella se sonríe, verlos interactuar es bastante divertido, incluso entrañable. Son idiotas. —Me piro, he quedado con mi asesor. No me lo distraigas, que no se sabe nada para mañana. —¿El “paibon”? —Sí, el “paibon” —contesta entre risas—. No me cambies de tema. Nada de pitis —él suelta el paquete de Chesterfield que acaba de coger de su abrigo mientras sonríe (eso cree él) angelicalmente—, lleva descansando desde que empezó la carrera. —¡Tch, por favor! —exclaman los dos a la vez. Pili y Mili. Frodo y Sam. Ella echa a andar, con las cejas enarcadas y unos hoyuelos que desmienten su seriedad. —Luego vuelvo, ¡ay, de vosotros como no haya avanzado! El amigo ya no la mira, está buscando alguna escena de alguna película en el ordenador. Ella alza la mano, presagio de castigo, para llevársela a los labios y lanzar un beso que él, galán, recoge en el aire y se lleva al corazón. Qué cursis son, madre mía. —Te encanta. —¿Eh? —Bro. Que os he visto de la mano y venga a deciros tonterías. Está hechísimo, tú. —Pero qué carajos dices. —Serás pringado. —No, pringado, no… —Te renta, y lo sabes. * * * El reloj marca las 08:12 pm. Los rayos del sol ya poniente entran y toquetean todo lo que pueden, regándolo de un tono arrebolado que anuncia verano. Las cortinas ondean elegantonas y despreocupadas, parece que bailan, y las últimas brisas de una primavera tonta, igual que tantas, se cuelan por las ventanas. La casa está llena de risas y alboroto. Papá peina el pelo rubiasco y ondulado de Isabel mientras ella peina el de su Barbie, o lo poco que queda de él. Mamá baja las escaleras con la corbata de grullas, lleva los tacones azules de punta, esos que le encantan a Papá porque así está más alta y no tiene que agacharse tanto para darle besos. Se acerca a los dos. Papá, con una palmada cariñosa, manda a Isabel a ver qué tal van sus hermanos, cuyos decibelios indican el buen rato que están pasando. Mamá rodea a Papá con la corbata y Papá rodea con los brazos a Mamá, de la cintura. Se sonríen y no se dicen nada. Ella le hace el nudo, porque, aunque él sabe hacerlo, “Mamá siempre hace las cosas mejor que yo”. Cuando termina él la estrecha en sus brazos y ella empieza un vaivén que él conoce bien, así que le sigue el juego, y bailan pegados, sin música ni nada, y se ríen y se quieren. —¡Me va a pegaaaaar! Un grito interrumpe la estampa. Los dos se miran, ella se muerde el labio, es su gesto. Él pone los ojos en blanco, es el gesto que le ha robado a ella después de tanto tiempo juntos, es un maldito acaparador. —Ya voy yo, eres muy lenta arreglándote. —Tch, por favor… Va a la cocina. Nacho, aún dormido, en camisa, corbata y calzoncillos, come cereales (Choco Flakes, no hay forma de que duren más de dos días en casa) con la mirada clavada en el infinito. Ni se entera de que un aterrado Javi sujeta una espátula contra su hermana, que tiene la mano alzada, presagio de castigo. —Teresa, cariño, ¿qué haces? —Me va a pegar. —Lo he oído, pero por qué. —Papá, sólo le iba a dar una colleja. —¿Por? —Porque le quiero, claro. La lógica de los niños ni es lógica ni es nada, pero sus ojos, pícaros, claros, azules, o verdes, una mezcla, qué sabe él, bonitos y punto, como los suyos, le tienen cautivado. —No, Teresita, no vale. Se pone en cuclillas entre los dos. Toma la espátula de las manos de Javi y le da con ella en la cabeza a Nacho, que levanta las cejas sin apartar la mirada de los azulejos. —¿Os queréis? Responden al unísono. —Entonces daos un beso. Teresa se acerca a Javi, que no puede huir porque Papá tiene la mano detrás de él. Le planta un besazo en la mejilla, que su hermano se apresura a limpiar con la manga. —Venid a cambiaros, ¡no quiero que lleguemos tarde a misa! La voz de ella atraviesa cantarina —siempre así, cantando, en casa o por la calle, a viva voz, y él la acompaña— limpia, clara, tan clara como ella misma, la casa, y los dos pequeños salen disparados. Papá se acerca a Nacho. —Date prisa que salimos en un rato. No te da tiempo. —¿Eh? Idéntico gesto al de su padre, que le coje del cogote y sonríe. Va a salir por la puerta cuando Nacho da señales de vida. —¿Por qué os casasteis un 17 de junio? —A tu madre le gustaba. Se miran y se encogen de hombros. Ella se sale siempre con la suya. A él no le importa. Vuelve a su habitación, donde ella se está poniendo los pendientes, inclinando la cabeza para que no se enreden en su pelo, castaño, abundante, huele a jazmín y menta. Él la mira embobado, como hace 15 años exactos. En realidad, él eligió el día sin saberlo, al decirle aquella cursilada 6 años antes de la boda que los llevó a donde están ahora. Se acerca a la cómoda y se pone sus gemelos buenos, de plata, en forma de faro, se los regaló ella. Sus miradas se encuentran en el espejo, y qué miradas. Ella alza la mano, presagio de castigo, para llevársela a los labios y lanzar un beso que él, galán, recoge en el aire y se lleva al corazón. Qué felices son, madre mía. * * * —Bro, ¿ya te has montado la película? —¡Cállate, joder!
- relato
-
Bartimeo
dic 26 ⎯ Sin traducirMiro al abuelo. Sigue sin hacerme caso. —Oiga, abuelo. Que le estoy hablando. Él a lo suyo. Sin inmutarse. Con la navaja suiza, que no sé si un anciano de 87 años debería tener entre sus manos, sacándole astillas y serrín a un trozo de madera. Cuando vuelva alguien del personal le preguntaré quién le ha dejado tener semejante artilugio. —¡Oiga, abuelo! Detiene su actividad y dirige hacia a mí unos ojos grises, ciegos. —Perdona, joven. No sólo soy ciego, también duro de oído. —No se disculpe, no hay problema. Pero dígame, por favor, cuándo empezó su oficio de carpintero. Estoy hasta las narices de que en el periódico me manden a mí hacer estas chorradas. Quiero escribir algo serio, no entrevistas a señores de la tercera edad que manejan cuchillos cuando llevan ciegos siete años. —No sé si eso te interesa, muchacho. No es una gran historia, seguro que hay gente más interesante aquí con la que puedes hablar, que te contarán encantados sus aventuras. Miro a mi alrededor y el panorama me hace poner en duda las palabras que el pobre señor dice con toda la buena fe del mundo. Contemplo el salón de la residencia decorado con guirnaldas despeluchadas, un árbol que no parece de hoja perenne por el estado de sus ramas, y un par de bolas de navidad que cuelgan del techo y se balancean perezosas en una de las últimas tardes del último mes. Estamos él, dos señoras dormidas en sus sillones, una de ellas abrazada a un cojín con la cara de Julio Iglesias en grande, un señor mirando la tele mientras rasca el brazo del sofá, una señora en una esquina que pasa las cuentas de un rosario y de vez en cuando se santigua, y yo. Vuelvo a mi entrevistado. Él es lo más interesante de la sala. Y eso es mucho decir. —Elena, por ejemplo—. Señala a la esquina. No sé cómo sabe que está allí, pero su dedo enfila a la abuelita, que se vuelve a santiguar—. En la guerra civil salvó cerca de treinta personas escondiéndolas en su buhardilla, siendo ella apenas una muchacha. Se jugaba la vida todos los días por gente que no conocía. Es una bellísima persona. Sus hijos son encantadores. La visitan poco. Me quedo callado. No sé muy bien qué aportar a la conversación. —Lo mejor que tiene, sin embargo, es que jamás se olvida del nombre de la gente que viene. Los recuerda todos. Ahora mismo probablemente esté rezando un misterio por ti, chico. Acércate luego y dile tu nombre. Te lleva en el corazón y no te conoce. Me muevo incómodo en la silla, ahora sí que no sé qué decir. Él sigue tallando. Dudo si quiere seguir hablando de Elena o si volverá a imbuirse en tu trabajo. Durante varios segundos talla, calla. Cuando abro la boca para volver a preguntarle acerca de su vida soy interrumpido. —Policarpo —señala con la navaja al abuelo de la televisión para luego volver a su trabajo, ¿cómo lo hace?— tenía una panadería en su pueblo. No ganaba mucho porque gran parte de las veces daba el pan gratis, sobre todo si la familia era humilde. Y en un pueblo pequeño, hijo mío —no sé en qué momento me ha adoptado— todas las familias son humildes. Deberías verle explicar cómo se hacía el pan. ¡Con masa madre! Una receta de su abuelo, que vivió en unos años de los que tú sólo conoces lo que sale en los libros de historia. Sigue tallando. Bajo sus manos tiene una papelera donde cae lo que va arrancando de la madera. Tiene una forma extraña lo que talla. Dudo mucho que sepa qué está haciendo, con los ojos que le han quedado. —Policarpo rasca la tela del sofá porque tiene la manía desde pequeño de rascar la masa que se quedaba en la encimera. —¿Cómo sabe que está rascando el sofá? Empiezo a cuestionarme si realmente no ve—. Se ha quedado con ese tic, que le recuerda cuando aún podía hacer pan que daría de comer a una familia feliz en torno a una mesa llena. Ya no hay tantas familias felices, y las mesas son para pocos. —En eso le doy la razón. La gente no sabe hoy en día apreciar la familia. Me mira con sus ojos veteados de cataratas. ¿Debería haber hecho ese comentario? ¿Es esa mirada un reproche? Sonríe de forma enigmática. ¿Seguro que es ciego? Entra un enfermero, que se acerca a la señora del cojín de Julio y la despierta con suavidad. —Juani, las pastillas —le dice. Juani toma el vasito que él le ofrece, lo empina con mucho arte, y vuelve a pasar el brazo por su cojín y a echar la cabeza hacia el lado, para seguir soñando que es una chica gogó del cantante. —La gente no sabe apreciar nada, y en la gente nos incluyo a ti y a mí. Aunque los años dan cierta perspectiva. La juventud es una ventaja temporal, chico. Si se tiene suerte se llega a viejo. Asiento, sin caer en que no ve mi gesto. Necesito acabar ya con esto, porque no tengo ganas de alargar de más la entrevista y porque, aunque ya casi me he acostumbrado, el olor del salón sigue resultándome desagradable. Miro sus manos. Las tiene muy gastadas, llenas de serrín y de pequeñas cicatrices que le dan un aspecto curioso de telaraña. De viejo. De polvoriento. A pesar de ello, mueve con maestría la cuchilla de la navaja. De abajo a arriba. De vez en cuando se detiene, pasa el dedo por la figura que está sonsacándole a ese cacho de árbol muerto, y continúa entonces por otro lado. Sigo sin ver qué es exactamente. Es curioso, él si lo ve. Aunque tengo mis recelos. —¿No te parece que falta algo en este salón? Recorro el espacio con los ojos tratando de averiguar a qué se refiere. Hay todo lo que cabría esperar en una residencia de ancianos con pocos recursos: hay ancianos y pocas cosas. —Un poco de vida, si le soy sincero, pero tampoco creo que debamos ser exigentes. —Me giro de nuevo hacia él. Ha dejado de tallar—. ¿En qué momento se decidió por la carpintería? Sólo quiero que responda. Se ríe, y la suya es una risa cascada, un rasgo suyo de nuevo polvoriento, aunque cariñosa. —Sí, chico, le falta la vida. ¿La vida? Se pone en pie, deja la navaja sobre la silla y, sin palpar ni nada, con paso seguro, va hacia una esquina del salón. Le sigo, porque, aunque he perdido la esperanza, y no creo que me lleve nada de este rato, sí me interesa ver qué hace con la talla. En la esquina hay una mesita que pasa desapercibida, y en la mesita otras dos tallas que no entiendo muy bien qué son hasta que miro la que él tiene aún entre sus castigadas manos. Caigo en la cuenta de qué es en lo que ha estado trabajando. —¿Que por qué me hice carpintero? De nuevo su risa hueca, alegre. Le da un beso, pone la talla entre las dos que ya hay, completando la escena, y me mira, y me ve. —Había un Niño… * * * La tentación de cambiar cosas que veo 4 años más tarde y me rechinan es grande. Pero así se va a quedar. Besines, Irene
- relato